Beto no entendió a qué se refería.
Ni siquiera Nico entendió.
—¿De qué hablas, mujer?
—¿Que de qué hablo? —Celeste rio con burla—. Beto, no tienes que poner esa cara. No me interesa estar educando al marido de otra, pero que sigas siendo su esposo... eso está por verse.
Beto la miró con dureza.
—¿Qué quieres decir?
—¿Hace cuánto que Renata desapareció y no te has dado cuenta? —Celeste lo miró con desprecio—. Claro, tú tampoco has pisado tu casa en mucho tiempo.
¡Puros patanes!
La mirada de Beto se volvió seria.
—Celeste, si tienes algo que decir, dilo ya.
A Celeste se le enrojecieron los ojos; contuvo el nudo en la garganta y apretó la mandíbula.
—La mamá de Renata falleció.
Beto sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte.
De pronto recordó un mensaje que Renata le había mandado diciéndole que su mamá estaba mal y que fuera al hospital...
Nico quedó aún más impactado.
—Cele, ¿cómo es que no me dijiste algo tan grave?
—¿Y de qué servía decirte? ¡Patán! —le dijo Celeste, y se fue a paso firme hacia el ascensor.
Nico la siguió de cerca, justificándose mientras caminaba detrás de ella.
—Yo no soy ningún patán, si yo nunca he...
—¡Cállate! ¡Dios los cría y ellos se juntan! ¡Son tal para cual! —Celeste lo calló de un grito y entró al ascensor.
Nico entró con ella. Estaba a punto de decir algo más cuando notó que tenía los ojos enrojecidos.
—Cele, ¿cómo está Renata? Nos debió haber dicho algo tan delicado. ¿Cómo va a pasar por esto sola? —

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