Samuel irradiaba una frialdad que daba miedo.
—Abraham, vuélvela a encerrar. Y que no la dejen salir otra vez.
—Entendido.
Colgó y regresó al cuarto.
En cuanto entró, vio que Fiona ya estaba profundamente dormida. Incluso sus pasos se le hicieron más lentos, ligeros, por miedo a despertarla.
La acomodó con cuidado para que quedara recostada y le acomodó una cobija delgada. Hasta entonces salió del cuarto, despacio.
Fiona ya había sufrido suficiente.
Esta vez, no iba a dejar pasar a esa mujer.
Desde que Nahomi armó un escándalo en la clínica, Fiona no volvió a verla.
Samuel tenía miedo de que le tocara otra situación así, así que la mantuvo en casa para que descansara un tiempo más.
Como Fiona por el momento no podía regresar a la clínica, Thiago tuvo que ayudar a arreglar las cosas por allá.
Ese día, mientras Fiona descansaba en casa, recibió una llamada del estudio. Era Emilio:
—Fiona, para el concurso de tallado de la próxima semana, hice lo que me dijiste: inscribí la pareja de quimeras que tallaste. El resultado lo anuncian la próxima semana.
—Si ganamos el primer lugar, no solo se exhibe en el Museo de Santa Matilde… también se puede exportar a Europa.
Fiona se quedó entre sorprendida y feliz.
—¿En serio? Entonces sí voy. Mándame la invitación para verla.
—Va, ahorita te la mando al correo.
Colgó. Fiona tomó la tablet que tenía a la mano, entró a su correo y vio de inmediato el mail nuevo que Emilio acababa de enviarle.
Ahí estaba ella, frente al espejo de cuerpo completo. Traía un vestido de noche color champaña, escotado, que le marcaba por completo las curvas. Y con lo bien que la habían estado cuidando, se veía más exuberante.
La mirada de Samuel se oscureció al instante.
Fiona, con la vista baja, buscaba joyería que combinara con el vestido. Ni se dio cuenta de que él se le acercaba cada vez más.
Samuel sintió que con cada paso hacia ella, el cuerpo se le tensaba más… hasta la respiración se le volvió pesada.
Fiona por fin encontró un collar de topacio amarillo que le iba perfecto. Justo cuando iba a ponérselo, él le rodeó la cintura desde atrás y la apretó contra su pecho.
Le encontró los labios con precisión y la besó.
Fiona tuvo que aguantar ese beso, casi como si él se lo estuviera arrebatando, sin entender qué traía si acababa de llegar y ni una palabra le había dicho.
Y lo peor: en un rato tenía que ir al concurso. Ya casi se le aflojaban las piernas de cómo la tenía contra él.

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