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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 950

El coche siguió avanzando.

No habían recorrido ni medio kilómetro cuando Ofelia volvió a llamar. Tal como temían, los había perdido de vista.

Al escuchar la noticia, a Samuel se le cayó el alma a los pies.

Jamás pensó que su mal presentimiento se haría realidad tan rápido.

—Está bien, enterado. Tú sigue con tus asuntos, yo me encargo de lo de Fiona.

—¡Tienes que traerla de vuelta sana y salva!

La voz de Ofelia sonaba desesperada.

Samuel oscureció la mirada:

—Lo haré.

Tras colgar, Abraham notó por el retrovisor que el semblante de Samuel se había ensombrecido y que en sus ojos había una preocupación evidente.

Preguntó con cautela:

—Señor Flores, ¿la señorita Soto los perdió?

Abraham mantenía la vista en el espejo, observando al hombre en el asiento trasero.

La mirada de Samuel era abismal.

La tensión en el aire se sentía cada vez más pesada.

—No se preocupe, jefe. Ya pidió que la policía checara las cámaras, ¿no? Seguro pronto dan con ellos…

Samuel no respondió. Se limitó a mirar por la ventanilla, sumido en un silencio sepulcral.

El coche siguió su marcha sin un destino fijo.

Nadie sabía dónde estaba Fiona ahora.

Como Samuel no dio orden de detenerse, Abraham no tuvo más remedio que seguir manejando hacia adelante.

***

Una hora después, en una bodega a las afueras.

Llevaron a Fiona a una zona de almacenes abandonados. Varios hombres de negro la bajaron a jalones del vehículo y la arrastraron sin miramientos hacia la entrada principal de la bodega.

Ella levantó la vista y miró alrededor.

El lugar estaba muy aislado, parecía ser la zona industrial en las afueras de Montevideo.

Eran Valeria y Silvia.

Silvia tenía las manos atadas, pero los pies libres, y estaba luchando con todas sus fuerzas. Valeria estaba parada a su lado, agarrándola fuertemente del brazo para que no escapara.

Al abrirse la puerta, ambas voltearon.

Cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo pareció detenerse.

En cuanto Silvia vio a Fiona, se rompió por completo.

Lágrimas enormes empezaron a rodar por sus mejillas.

Gritó a todo pulmón hacia donde estaba ella:

—¡Fiona! ¡Fiona!

—Silvia, no tengas miedo, ya estoy aquí…

Fiona miró a la niña con ternura, tratando de calmarla.

Aunque Silvia seguía en manos de Valeria, ver llegar a Fiona la tranquilizó un poco.

Al notar que la niña se calmaba, Fiona clavó la mirada en el rostro de Valeria.

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