Fiona le respondió sin pelos en la lengua, con la mirada cada vez más fría.
Luego, sin esperar respuesta, dio media vuelta y entró al estudio a paso veloz.
Valeria intentó seguirla, pero Fiona le cerró la puerta en las narices.
El portazo retumbó en todo el lugar.
Valeria se quedó ahí parada, furiosa.
Miró con odio la puerta cerrada, y la frialdad en sus ojos se intensificó.
¡Nadie se había atrevido a tratarla así jamás!
Parece que ahora sí se habían declarado la guerra.
Al atardecer, en la oficina del presidente de Grupo Vizcaya Continental.
Samuel acababa de dejar unos documentos cuando la puerta se abrió.
Levantó la vista al instante.
Era Abraham.
El hombre se recargó en su silla y preguntó con voz grave:
—¿Ya averiguaste?
—Sí, ya tengo la información.
—¿Quién fue?
Frunció el ceño, mirando fijamente a Abraham.
Abraham no se anduvo con rodeos:
—No sé si tenga que ver directamente con esa tal Valeria, pero fue su asistente quien hizo la llamada de denuncia.
—¿Su asistente?
Los ojos de Samuel se helaron y el ambiente en la oficina se puso tenso.
Abraham asintió.
—Así es.
Cuando Abraham salió, la oficina quedó en silencio.
Al pensar en Fiona, las escenas de la noche anterior le venían a la mente una y otra vez.
La situación entre ellos estaba muy tensa y no podían seguir así.
Tenía que resolver esto cuanto antes, porque acababa de pedirle matrimonio y ya estaban pasando estas cosas…
Si hasta los casados se divorcian, ellos que apenas eran prometidos corrían más riesgo.
Si dejaban que se creara una brecha entre los dos, su relación futura sufriría las consecuencias.
Samuel sacó su teléfono, con muchas ganas de marcarle a Fiona.
Pero vio la hora y se dio cuenta de que ya era tarde. Era hora de ir a casa.
Tras dudar un instante, agarró su celular y las llaves del coche y salió de la oficina.
Cuando Samuel llegó a casa, Fiona no estaba.
—¿No está ella? —le preguntó a Helena, que estaba limpiando, con extrañeza en la mirada.

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