Funcionó.
Bajo su caricia, el hombre frente a ella se relajó un poco.
De repente, él extendió la mano, sujetó la muñeca de ella y dijo con seriedad:
—Fiona, la verdad es que ayer invité a muchos amigos, pero el accidente impidió que la propuesta se llevara a cabo.
—Así que hoy cancelé a todos. Ahora solo estamos nosotros dos. Aunque no haya testigos, tengo muchas ganas de expresarte lo que siento.
El corazón de Fiona dio un vuelco hasta la garganta.
Aunque sabía lo que él iba a decir, tragó saliva con nerviosismo.
La mano de Samuel, que sostenía su muñeca, apretó un poco más fuerte por un instante.
Abrió la cajita del anillo frente a Fiona.
Fiona bajó la mirada para ver el anillo.
No sabía de cuántos quilates era.
No era exageradamente grande, pero tampoco pequeño; era justo el estilo que a ella le gustaba.
Entonces, Samuel volvió a hablar:
—Fiona, de verdad te amo muchísimo, tanto que quiero pasar el resto de mi vida contigo, tanto que quisiera estar contigo en todas las vidas siguientes. No me importa tu pasado, ni de quién fuiste esposa o madre...
—Solo sé que te amo, que quiero que seas mi esposa y quiero estar contigo para siempre. ¿Te quieres casar conmigo?
El corazón de Fiona latía desbocado.
Miró los ojos llenos de amor del hombre y sintió que se derretía por completo.
Habían recorrido un camino tan largo para llegar hasta aquí.
Después de pasar por tanto, ¿cómo podría no querer?
Y lo más importante era...
Que ella también lo amaba profundamente.
Fiona respondió sin dudar:
Fiona, al escuchar eso, respondió sin rodeos:
—Si no hubieras dicho esa frase, tal vez te habría creído, pero ahora que lo dices, estoy segura de que lo mediste a escondidas...
Samuel soltó una risa ronca:
—De verdad que no se te escapa nada.
La sorpresa en los ojos de Fiona se intensificó:
—¿Entonces sí lo mediste? ¿Cuándo? ¿Por qué no recuerdo nada?
—Probablemente fue cuando te acababas de mudar al Residencial Costa Rivera —susurró Samuel cerca de su oído—: Lo medí mientras dormías.
Fiona lo miró incrédula, y su sonrisa se amplió:
—¡Lo sabía! Con razón no me acordaba.
Samuel le acarició la cabeza y preguntó con una sonrisa pícara:
—¿Te gusta? ¿Es el estilo que querías?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera