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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 822

—Esperándote.

Esteban pronunció esas simples palabras y mantuvo la mirada fija en su rostro.

El semblante de Fiona se oscureció por un instante: —¿Esperándome para qué?

—Tengo algo que decirte. —Esteban se levantó de la silla y la miró a los ojos—: ¿Podemos salir un momento?

Al ver su expresión, Fiona pudo adivinar de qué se trataba.

Replicó de inmediato: —Si es para hablar de nosotros, no tengo nada que decirte. No tiene caso seguir con la misma cantaleta, ya me cansé de escucharlo y tú deberías cansarte de decirlo.

—No es eso —dijo Esteban sin rodeos—. Es sobre el accidente de auto...

Al escuchar eso, una ola de sorpresa inundó la mirada de Fiona: —¿Descubriste la verdad del accidente?

—Sí —respondió él con voz grave—. Así que salgamos, por favor.

—¿Por qué no podemos hablar aquí?

Esteban respondió con total seriedad: —Molestaremos el descanso de mi tío.

Fiona: «...»

En Montevideo llamó a Samuel «muerto viviente», y ahora le preocupaba que su charla interrumpiera su descanso.

A veces de verdad quisiera abrirle la cabeza a este hombre para ver qué tiene adentro.

Cada vez tiene menos lógica al hablar.

Es realmente desesperante.

—¿No vas a salir?

Al ver que ella no se movía, Esteban se giró para mirarla.

Fiona levantó la vista, cruzó miradas con él y finalmente decidió salir al pasillo.

Cuando llegaron al final del corredor, Esteban habló lentamente: —En realidad, mientras estaba en Montevideo, puse a gente a investigar la verdad del accidente. Moví cielo, mar y tierra, usé muchos recursos y dinero, y finalmente descubrí quién está detrás de todo...

Esteban fue directo: —Porque el coche lo proporcionó Raimundo.

Al oír esto, Fiona sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Desde que Raimundo se arrodilló la última vez para pedirle perdón, no había vuelto a aparecer.

Resulta que su supuesto «amor» se había transformado en odio puro.

Jamás imaginó que él también quisiera verla muerta.

—Tengo en mis manos las pruebas de su crimen. Si las necesitas, puedo dártelas cuando quieras.

La expresión de Esteban era muy seria; no parecía estar bromeando.

Las pestañas de Fiona temblaron ligeramente.

Se giró para mirar la determinación en los ojos de él, y de pronto se quedó sin palabras.

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