Al día siguiente, cuando Fiona despertó, Esteban y el equipo de especialistas ya esperaban en la puerta. Se aseó rápidamente y les permitió el paso.
Con la coordinación de todos, lograron subir a Samuel al avión rumbo a Santa Matilde.
A las tres de la tarde, aterrizaron sin contratiempos.
Poco después de instalar a Samuel en el hospital, el celular de Fiona sonó en su bolsillo. Al revisar la pantalla, vio que era el abuelo Flores.
Tras dudar un segundo, contestó:
—Bueno...
—Fiona, ¿tienes tiempo para venir a cenar a casa hoy?
La voz del anciano sonaba inusualmente tranquila.
Fiona intuyó que él ya sabía la verdad y que estaba enterado de que Samuel había regresado a Santa Matilde; de lo contrario, no llamaría en ese momento.
—Sí, claro —respondió finalmente.
Al colgar, salió de la habitación y miró a su alrededor. Vio a Esteban al final del pasillo, hablando por teléfono de espaldas a ella.
Seguramente había sido Esteban quien le dio la noticia al abuelo.
Después de asegurarse de que Samuel estaba bien atendido, Fiona fue a Costa de la Rivera a recoger su coche y condujo hacia la mansión de los Flores.
Cuando llegó, ya había anochecido. El atardecer era espectacular, recordándole su primer día en Montevideo; los colores eran igual de impresionantes.
Qué lástima... un paisaje tan hermoso y no tenía con quién compartirlo.
Fiona apartó la vista y entró a la sala principal.
El abuelo Flores ya estaba sentado allí, con la mirada fija en el suelo. No sabía si era por el tiempo que llevaban sin verse o porque ya sabía la verdad, pero Fiona sintió que lucía mucho más viejo de lo normal.
Una oleada de tristeza la invadió.
—Lo sé, lo sé todo...
Fiona se levantó rápidamente y se acercó a él.
—Haré todo lo humanamente posible para que Samu despierte pronto.
El abuelo Flores asintió levemente tras escucharla.
—De hecho, te llamé hoy porque quería preguntarte... ¿hay alguna posibilidad real de que despierte?
—Sí —respondió Fiona con firmeza—. Por supuesto que sí.
Respondió con tanta seguridad porque la noche antes de salir de Montevideo, ella misma lo había examinado. Había revisado sus reflejos y su actividad neurológica, confirmando que existía la posibilidad de que despertara. Lo único incierto era cuánto tiempo tomaría.
Tal como dijo el médico, en el peor de los casos, podría no despertar nunca.

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