—Va. —Samuel se acercó y le dio un beso suave en los labios—. Lo que tú digas. A donde quieras ir, yo te acompaño.
Fiona se recargó en su pecho y cayó en un sueño profundo.
Al día siguiente, Fiona se levantó temprano para preparar sándwiches para el día de campo.
Samuel bajó las escaleras impecablemente vestido de traje. Al llegar al comedor, miró los sándwiches en la mesa.
—Fiona, ¿por qué te levantaste tan temprano?
—Pues hoy vamos a salir, ¿no? Preparé sándwiches para comer allá...
Samuel se quedó pasmado.
—¿Salir? ¿A dónde?
Antes de que Fiona pudiera responder, Silvia, que estaba jugando con bloques en la sala, corrió hacia ellos.
—¡Padrino! ¡Hoy vamos al día de campo! Quedamos en eso anoche, ¿ya se te olvidó?
Fiona también lo miró extrañada.
Samuel nunca olvidaba nada que tuviera que ver con ella.
Solo había pasado una noche, ¿cómo se le pudo borrar el casete?
—¿El día de campo no era el próximo miércoles? Hoy tengo junta en la empresa.
Fiona frunció el ceño al instante.
Sintió que algo andaba muy mal.
Ayer, mientras Samuel hablaba por teléfono a su lado, había mencionado que la junta importante era el miércoles...
¿Cómo pudo invertir las fechas?
Y por su expresión, no parecía estar bromeando.
Samuel sonrió levemente.
¿Será que eran secuelas del choque provocando confusión mental?
La sola idea la asustó.
—Silvia, hoy no vamos a poder ir al día de campo. Voy a llevar a tu padrino al hospital a que lo revisen. Vamos otro día, ¿sí?
Fiona le habló a la niña con suavidad.
Silvia asintió obediente.
—Está bien, Fiona. Llévalo al doctor.
Samuel la miró sin entender.
—No hace falta ir al hospital, ¿no? No es para tanto...
—En tu caso, podría ser más grave de lo que crees.
Fiona lo miró con seriedad absoluta; su tono y su expresión denotaban una alarma real.

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