—Ah, eso ya no me incumbe —Ríos se encogió de hombros, dejando claro que solo cumplía órdenes—. Hugo, solo vine a verte. Cuando te recuperes de ese golpe, pásate por la oficina a firmar los papeles de tu despido y listo. Ya no serás problema nuestro.
En ese momento, Hugo supo con certeza que su carrera de Comisario había terminado para siempre.
Días después, gracias a los cuidados de su hija Inés, fue dado de alta.
Inés, al enterarse poco a poco de todo lo que había sucedido, sintió un profundo remordimiento por haber encubierto a su tía.
Pero como Gisela ya había sido condenada, el peso de los lazos familiares la llevó a visitarla en la Prisión de Mujeres de Oriente.
Al verla llegar, los ojos de Gisela se iluminaron de esperanza. Pensó que venía a salvarla: —¡Inés! ¿Viniste a sacarme de aquí? Sabía que no me dejarías tirada en este infierno.
Después de todo, había criado a Inés desde niña. Aunque eran tía y sobrina, su relación era tan estrecha que parecían madre e hija.
—Tía, has cometido demasiados errores. No hay forma de que pueda sacarte —respondió Inés, con una voz gélida y distante—. Por tu culpa, mi padre y yo lo perdimos todo. Ya no tengo el poder para salvarte.
Apenas podía mantenerse a flote ella misma; ¿de dónde iba a sacar los recursos para rescatarla?
Al escuchar sus palabras, la luz en los ojos de Gisela se apagó de golpe: —Inés, ¿qué estás diciendo? ¿Vas a quedarte de brazos cruzados mientras me pudro en la cárcel?
Su hijo Esteban ya estaba tras las rejas. ¡No podía quedarse atrapada en ese lugar de pesadilla!

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