Las facciones de Samuel eran perfectas, tan increíblemente guapo que era difícil no quedarse mirándolo.
Yolanda comprendió de inmediato por qué Valeria Domínguez no podía olvidarse de él.
Era demasiado atractivo.
Tan atractivo que incluso a ella se le aceleró el pulso.
Quizás su mirada hacia Samuel fue demasiado intensa, porque Fiona frunció el ceño.
—Señorita Arroyo, ¿por qué se le queda viendo así a mi esposo? ¿Tiene algo fuera de lugar?
Esa mirada cargada de agresividad y posesión era innegable.
¿Acaso Yolanda había puesto los ojos en Samuel?
Al pensar en ello, Fiona levantó la vista instintivamente hacia Benjamín.
El hombre, que hasta entonces había mantenido una expresión neutral, ahora miraba a Yolanda con unos ojos helados y apretaba su copa con tanta fuerza que parecía a punto de romperla.
Inés, en cambio, disfrutaba del espectáculo en primera fila mientras bebía un poco de agua con total calma.
—Para nada, es solo que no me imaginaba que el esposo de la señorita Santana fuera un hombre tan excepcional y apuesto.
Tan excepcional que provocaba una profunda envidia.
Yolanda había luchado con uñas y dientes en el extranjero, y el único hombre que había conseguido atrapar era uno casado, como Benjamín.
En cambio, Fiona, a pesar de estar en su segundo matrimonio, había conseguido a un hombre de tal nivel.
¿Cómo no iba a estar muerta de envidia?
Aquellas palabras destilaban veneno y amargura.
Todos los presentes en la mesa miraron de reojo a Fiona, esperando su reacción.
Sin embargo, Fiona actuó como si no le importara en lo absoluto. Chocó suavemente su copa con la de Yolanda y le regaló una sonrisa radiante.
—La señorita Arroyo es muy amable, acepto sus halagos de todo corazón.
Luego, se volvió hacia Samuel.
—Mi amor, hace un poco de frío aquí. ¿Vamos a la siguiente mesa? Aún nos faltan muchos invitados por saludar.
¡Solo sabía usar trucos baratos para seducir hombres!
Al escucharla, Fiona no pudo evitar soltar una carcajada de incredulidad.
¿Acaso Yolanda ya ni siquiera intentaba disimular? ¡Su propio amante estaba sentado justo frente a ella!
¿Qué pensaría Benjamín al escucharla decir algo así?
Samuel ni siquiera se molestó en mirarla. Solo le dirigió una mirada cargada de asco a Yolanda y, rodeando la cintura de Fiona, se la llevó a la siguiente mesa para continuar con los brindis.
Ignoró por completo los celos y la envidia de Yolanda.
Al sentirse tan humillada, Yolanda sintió una punzada de rabia en el pecho y sus ojos se llenaron de resentimiento.
Pero antes de que pudiera ir tras ellos, Benjamín rodeó la mesa, se quitó el saco y se lo echó bruscamente sobre los hombros.
—Si tienes tanto frío, ponte el mío. Así dejarás de codiciar lo que no es tuyo.
El tono en su última frase llevaba una clara e inconfundible amenaza.
Le estaba advirtiendo que se comportara y que dejara de andar de ofrecida con otros hombres.

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