—¿Señora Fiona? —preguntó el abogado Pedro, encorvado y aguantando la incomodidad de la postura—. ¿Ya puedo levantarme?
Fiona salió de su ensimismamiento, un poco apenada.
—Sí, ya puedes.
El abogado Pedro se enderezó y no pudo evitar preguntar:
—Señora, ¿vio a alguien? ¿Por qué me hizo esconderme?
Llevaban más de una hora esperando, estaba a punto de quedarse dormido y, de repente, le ordenan agacharse. Casi se tuerce el cuello.
—Vi a alguien que no debería estar aquí —murmuró Fiona, con una luz fría en sus ojos, antes de recomponerse—. Muy bien, abogado Pedro, ya podemos irnos.
Tendría que tomar precauciones contra la tía Azucena.
No le daría ni la más mínima oportunidad de entrometerse en su vida.
Cuando regresaron a el estudio, ya eran casi las cinco y media. Fiona dejó su bolso y buscó la escultura que la tía Azucena le había dado anteriormente.
Junto a ella, estaban el informe de tasación y el reporte de la prueba de ADN.
Esos documentos siempre habían estado en sus manos, sin salir nunca a la luz.
Si la persona detrás de Yolanda Arroyo realmente era la tía Azucena, esta vez, bajo ninguna circunstancia se lo perdonaría.
Esa noche.
Cuando Fiona regresó a casa en Costa de la Rivera, Pedro corrió a abrazarla apenas la vio.
—Mamá, extraño a papá. ¿Puedes llevarme a verlo?
¿Ver a Esteban?
—Pedro, mi amor, tu papá le hizo mucho daño a mamá, así que por ahora no puedes verlo —Fiona sentía que el corazón se le partía por el niño—. Mamá no puede hacer nada.
No tenía el valor de decirle que Esteban estaba encerrado en la cárcel.
Esa última frase hizo que a Fiona se le llenaran los ojos de lágrimas y tuvo que apartar la mirada, incapaz de soportar el dolor del niño.
A Samuel, en cambio, no lo conmovió el sentimentalismo. Le respondió con frialdad:
—Aunque lo extrañes, no hay nada que hacer. Tu papá cometió delitos y ahora está en la cárcel. Nadie puede verlo, excepto su abogado.
Quizás porque no tenía un vínculo emocional fuerte con Pedro, no lo trataba con la misma ternura que a Silvia.
Aunque había permitido que el niño viviera en Costa de la Rivera, y tras este tiempo conviviendo, la relación seguía siendo distante, aunque ya no sentía el rechazo de antes.
Al menos toleraba su presencia en la casa.
A fin de cuentas, con Esteban en prisión, si trataba mal al niño, Fiona nunca se lo perdonaría.
Las palabras de Samuel fueron un golpe tan duro que Pedro rompió a llorar al instante.
Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas mientras sollozaba sin consuelo, con los ojitos hinchados y rojos.

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