Samuel asintió levemente: —Así es. Al final, Pedro es su hijo, la sangre llama. Por más que se pase de la raya, nunca será tan cruel con él como lo fue contigo.
—Comparado con Pedro, tú eres la que corre más peligro ahora.
Él sabía que la obsesión de Esteban siempre había sido Fiona. Todo lo que hacía era para obligarla a volver a su lado. Para lograr ese objetivo, estaba dispuesto a cualquier cosa.
—¿Yo?
Fiona se dio cuenta de lo que él insinuaba y soltó una risa amarga: —Contigo protegiéndome, no tengo miedo, por muy peligrosa que sea la situación.
Sabía que Samu no se quedaría de brazos cruzados viendo cómo le hacían daño. Si él no hubiera llegado a tiempo en el último incidente, ella habría terminado en la boca del lobo.
—Fiona, perdóname. No te cuidé bien y dejé que pasaras por ese infierno.
Si algo le hubiera pasado realmente, ¿cómo podría perdonarse a sí mismo? Viviría el resto de su vida consumido por el remordimiento y la culpa.
Fiona nunca lo había culpado: —La que debe pedir perdón soy yo. Si no hubiera ido sola, jamás me habrían encerrado.
Sabía que Esteban ya no estaba bien de la cabeza, pero nunca imaginó que su locura llegara a tal extremo. Jamás pensó que se atrevería a secuestrarla. Afortunadamente, ella había sido precavida. De lo contrario, las consecuencias habrían sido impensables.
—No vuelvas a ver a Esteban a solas, ¿de acuerdo? —A Samuel le recorría un escalofrío solo de pensarlo.
Si hubiera llegado un segundo tarde, la desgracia habría sido inevitable.
Fiona asintió y escondió el rostro en el pecho de él, aspirando el reconfortante aroma de su colonia.
Bianca se ajustó el cinturón de la bata mientras caminaba hacia la entrada. Abrió la puerta y, apenas lo hizo, una figura alta se desplomó hacia adentro, cayendo al suelo con un golpe seco.
Bianca casi gritó del susto. Al verle la cara, se dio cuenta de que era Esteban. El terror la invadió, cerró la puerta de golpe y se agachó rápidamente para revisarlo.
—¡Esteban! ¡Esteban! ¿Qué te pasó? No me asustes así... ¿Por qué estás sangrando tanto?
Ante la lluvia de preguntas de Bianca, Esteban no podía responder. Tenía la cara hinchada, la sangre seca formaba costras en la comisura de los labios y el cuello, y tenía una herida en la nuca. La ropa a la altura del pecho estaba hecha un desastre, marcada con huellas de zapatos. Era evidente que le habían dado una paliza brutal.
Al ver que no reaccionaba, Bianca corrió al armario por el botiquín. Primero le quitó la ropa y comenzó a curarle las heridas. Luego sacó hielos del congelador, los envolvió en una toalla y se los puso en el rostro, que estaba tan inflamado que casi no parecía él.
Esteban, al borde de la inconsciencia, sintió el alivio del frío en la cara. Quiso hablar, pero antes de lograrlo, vomitó una bocanada de sangre. Entre el líquido rojo, rodaron dos dientes que le habían arrancado a golpes.

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