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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 1034

Al ver que ella seguía defendiendo a Pedro, Samuel sintió una punzada de frialdad en el pecho:

—Dices que no es justo para Pedro, ¿pero acaso es justo para mí?

¿Se había detenido a pensar lo mal que él la pasaba cada vez que veía al niño intentando que ella y Esteban volvieran? ¿Alguna vez consideró sus sentimientos?

—Perdón, yo solo... —Fiona se sintió fatal al verlo así—. Solo estoy atrapada en medio de todo esto y ya no sé qué hacer.

No era su intención lastimarlo. Simplemente no sabía cuál era la mejor decisión para todos.

Samuel levantó la vista, fijando sus ojos en los de ella, que estaban ligeramente enrojecidos. Sintió cómo se le estrujaba el corazón.

—Fiona, no te culpo a ti, ni tampoco culpo al niño. Es solo que no me fío de Esteban, espero que lo entiendas.

Si ni siquiera ella podía comprenderlo, entonces sentía que casarse no tenía ningún sentido. El corazón también se cansa. No podía mantener el entusiasmo eternamente si solo recibía golpes.

Fiona se acercó, lo abrazó por la cintura y hundió la cabeza en su pecho, hablando con voz ahogada:

—Lo entiendo, no volverá a pasar.

Que a él le molestara lo de Pedro, ¿no demostraba acaso cuánto la amaba? No podía culparlo por eso. Hacerlo sería injusto para él también.

Samuel le puso la mano en la cintura y suavizó el tono:

—Está bien. De ahora en adelante no discutamos por estas cosas, las peleas desgastan mucho la relación.

Fiona asintió en su abrazo.

—Por cierto, mañana en la noche hay una gala, acompáñame.

Fiona aceptó de inmediato:

—Claro que sí.

Aunque no se sentía muy cómoda en esos eventos, estaba dispuesta a intentarlo si era lo que él quería.

—A La Mesa Vieja.

—Sale, te llevo allá ahora mismo.

Fiona arrancó el motor y se dirigió hacia el restaurante. Poco más de media hora después, estacionó y entró con él a La Mesa Vieja. Un mesero los recibió con entusiasmo:

—Buenas tardes, señorita, ¿mesa para cuántos?

—Dos, gracias.

—Por aquí, por favor.

El mesero la guio hacia el interior, y nada más entrar, vio una figura familiar sentada a una mesa, como si estuviera esperando a alguien. Era Esteban. ¿Qué hacía él ahí? Mientras ella se preguntaba qué pasaba, Pedro se adelantó:

—Papá, aquí te traigo a mi mamá.

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