Fiona sabía que lo había descuidado esos días y se sintió un poco apenada: —Perdón, es que Pedro se lastimó y necesitaba que lo cuidara, por eso empecé a venir más a Villa San Telmo.
—Pero ya le dejé claro a Esteban que no vendré tan seguido.
Las heridas de Pedro ya estaban mucho mejor.
Y lo más importante: si Esteban de verdad seguía aferrado a ella, tenía que alejarse de ese hombre cuanto antes.
Ya no solo porque fueran exesposos, sino porque ni siquiera como amigos deberían tener tanta cercanía.
El problema era que entre ella y Esteban siempre estaría Pedro.
Aunque quisiera alejarse, no sería tan sencillo.
Al escuchar su promesa, Samuel disipó su malestar y volvió a tomarla de la mano: —Vámonos a casa, Silvia te extraña mucho.
—El que me extraña eres tú, nada más que usas a Silvia de pretexto.
Fiona no pudo evitar reír; su mirada suave parecía brillar con diversión.
El elevador descendió lentamente hasta el sótano donde estaba el estacionamiento. Samuel la ayudó a subir al auto.
Como era fin de semana, Fiona no había llevado su coche, así que subió directamente al de Samuel y se abrochó el cinturón. El Maybach negro dio la vuelta y salió rápidamente del estacionamiento subterráneo.
Esteban permaneció frente al ventanal de piso a techo, viendo cómo el auto negro se alejaba de Villa San Telmo. La sombra en sus ojos no se disipaba.
Fiona era su esposa; ella debería haberse quedado.
Si Samuel no hubiera aparecido, las cosas no estarían así.
Ella debería pertenecerle solo a él.
Él era el hombre verdaderamente adecuado para Fiona, no Samuel.
Según su plan original, hoy debía estar en el taller diseñando joyas.
Pero ahora, con el cuerpo lleno de marcas de besos, le era imposible presentarse.
Cuando llamó a Emilio, este ya ni se sorprendió: —Ya, Fiona, ni me expliques. Ya me acostumbré a que de repente no puedas venir.
—Tranquila, aquí en el taller yo te cubro. Tú descansa bien.
Y le colgó.
Fiona miró su celular, sin palabras.
¿Cómo que ya se acostumbró a que de repente no pueda ir?
¿Tanto así exageraba?

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