—¿Acaso no sabe cuánto me molesta lo del niño?
Esta era Costa de la Rivera, el hogar que compartía con Fiona, ¿y ella quería que el hijo que tuvo con Esteban se quedara ahí?
¿En qué lugar lo dejaba eso a él?
—Al principio lo pensé, pero como vi que te molestaste, dejé que se fuera, ¿no? —dijo ella.
Fiona ya estaba pensando en él.
Ver la mirada de Pedro al despedirse, tan renuente, le había partido el corazón.
—Pero aun así querías que se quedara, ¿verdad?
Cada vez que Samuel pensaba en Pedro viviendo en Costa de la Rivera, sentía un coraje inexplicable que le quemaba las entrañas: —Sabes perfectamente cuánto te amo, y aun así sigues pensando en el hijo de tu exmarido. ¿De verdad me tienes en cuenta?
Fiona sintió un nudo en la garganta.
—Precisamente porque consideré tus sentimientos fue que no dejé que se quedara.
—Samu, sé que me amas y yo también te amo mucho. Nos entendemos el uno al otro. Por eso, aunque Pedro me rogó tanto, no acepté.
Al escuchar esto, el semblante de Samuel se relajó un poco, aunque su tono seguía cargado de resentimiento: —¿Entonces por qué dijiste eso hace un momento? ¿Fue adrede para molestarme?
Ella sabía que lo que más le calaba era su pasado con Esteban.
Y aun así, lo había dicho a propósito.
—No, solo pensaba en que me amas tanto que hasta la existencia de Pedro te causa conflicto.
Fiona conocía sus sentimientos, así que no lo culpó: —Entiendo cómo te sientes.
Samuel curvó los labios en una leve sonrisa.
—Más te vale.
—Por cierto, olvidé decirte que ya di la orden para que avisen a Luciano que debe regresar al país. Así que, por ahora, no creo que vuelvan a buscarle problemas al niño.
Abraham le presentó su informe a primera hora: —Señor Flores, ya descubrí por qué la señorita Serrano regresó repentinamente del extranjero.
—Habla.
Samuel escuchaba con atención.
Abraham continuó: —Cuando la señorita Serrano estaba fuera, asistió a una reunión financiera y de pronto recibió unas fotos. Al parecer, en una de ellas salía la señorita Morales recogiendo al pequeño. Además, cuando regresó al país, no fue directamente a secuestrar a la señorita Morales.
—Primero se reunió con una tal Valeria Domínguez, esta mujer.
Dicho esto, Abraham le entregó las fotos que había recolectado. Samuel las tomó y, al verlas, sintió que la silueta le resultaba muy familiar.
Parecía haberla visto en algún lado.
Frunció el ceño y preguntó: —¿Tienes fotos desde otro ángulo?
Con lo que veía ahí, no era suficiente para identificar al autor intelectual.

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