—No —Renata rechazó tal disposición—. Abuelo, no puedes hacerme esto, ¡es injusto!
Pero el abuelo Menchaca estaba decidido.
—¡Tú te callas! A partir de ahora, no volverás a pisar este país. Te vas a quedar en Europa y tienes prohibido regresar. ¡Vámonos!
—Papá, ayúdame a rogarle al abuelo, dile que no me haga esto.
Renata suplicó instintivamente a su padre, pero él permaneció impasible.
Fue su madre quien, sintiendo lástima, intervino suavemente:
—Renata, el señor Flores es un hombre comprometido, es mejor que lo olvides. Tu papá y yo te presentaremos a alguien mejor que Samuel en el futuro…
—¡No! ¡Yo lo quiero a él!
Al ver que sus padres no la apoyaban, Renata sintió que el alma se le caía a los pies. Con los ojos llenos de lágrimas, insistió:
—Mamá, tú eres la que más me consiente, habla con el abuelo por mí, ¿sí?
No quería aceptar ese destino.
Le gustaba Samuel. Había hecho tantas cosas por él, ¿por qué hasta su propio abuelo quería separarlos?
Ella era una hija de la familia Menchaca, ¿no se suponía que el abuelo debía estar de su lado?
¿Por qué todos parecían estar en su contra?
La madre de Renata miró el rostro sombrío del abuelo y no se atrevió a decir nada más.
El silencio de sus padres hizo que el corazón de Renata se hundiera hasta el fondo; se dio cuenta de que estaba realmente acabada.
Renata miró aturdida al hombre que tenía una sonrisa burlona en los labios y preguntó con el corazón destrozado:
—Samuel, ¿fuiste tú? ¿Tú llamaste a mi abuelo?
Quería confirmar si había sido él quien lo trajo.
Si no había sido él, tal vez todavía podía seguir amándolo.
Sus sentimientos por él no habían cambiado.
Bajo la mirada llena de esperanza de Renata, los finos labios de Samuel pronunciaron dos palabras:
El abuelo Menchaca captó la advertencia en sus palabras y sintió un escalofrío. Bajo la intensa mirada del hombre, comenzó a despedirse:
—Si no hay nada más, nos retiramos.
Dicho esto, el abuelo Menchaca se marchó con la cola entre las patas.
Viendo sus espaldas alejarse, Fiona soltó un largo suspiro.
—Por fin se fueron.
Ya no tendría que preocuparse de que Renata viniera a buscarle problemas en cualquier momento.
—Si hubiera sabido esto, no le habría prometido al abuelo Menchaca que la cuidaría —dijo Samuel, arrepintiéndose de la promesa que le hizo al anciano en el pasado.
Eso provocó que Renata le tendiera trampas a Fiona.
Y que se armara todo este alboroto.
Fiona comprendía bien su situación en aquel entonces.
—No sabías que ella armaría tanto lío, no tienes una bola de cristal para adivinar el futuro.

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