CAPITULO 13
¡Dios santo! Si acaso me escuchas ten piedad de mi alma, giro mi pie derecho para darme media vuelta y huir de aquí, pero el pecho duro y musculoso de Puerto me detiene. Alzo la cabeza para encontrarme con es sonrisa ladina que dibuja en sus labios cada vez que me va a meter en problemas. Toma mi brazo con tanta familiaridad y miro para todos lados en busca de alguien que nos esté viendo y gracias al cielo todos están ocupados en sus quehaceres laborales. Me echo hacia atrás y aprieto los párpados al reconocer la loción de Miguel. El italiano sigue ejerciendo presión sobre mi piel.
Tiro del agarre—Entonces quedamos así, señor Russo—el abuelo tiene el entrecejo arrugado y la mandíbula tensa.
—¿En que quedamos?—¡Por los clavos de Cristo! El magnate suelta la pregunta de la nada solo para fastidiarme, Miguel se cruza de brazos y ahora sé que estoy metida en semejante lío.—Oh…Lo siento en eso quedamos…—usa un tono de voz sospechosa, le hago una mueca con la cara con algo de disimulo. ¿Es que acaso quiere hacerlo tan notorio? Con lo que acaba de decir me ha dejado completamente expuesta ante el patriarca de mi familia. ¡Estoy jodida, hostia!
El abuelo me hala hacia él y en un movimiento certero me coloca detrás de su cuerpo dándole a entender al rubio que si se mete con una Smirnov, primero debe pasar por encima de su cadáver. El pecho del ruso se infla mostrándole quien es el que manda aquí.—Russo, te necesito en mi oficina ahora—habla con tanta severidad logrando que en mi estómago se sienta un enorme agujero. Es que estoy flipando, es que ya me imagino el escandalo de la familia. Miguel sale por donde vino y empiezo a rezar al primer dios que me escuche que si me libra de esta me volveré monja. O bueno no tan exagerada pero si me volveré una mejor persona.
Ya puedo escuchar a mi padre gritarme que me he vuelto loca, doy zancadas enormes hasta llegar a mi lugar se trabajo. Cierro las persianas y me tiro en mi silla giratoria a lamentarme de lo que sea que le esté diciendo el presidente de esta compañía al magnate italiano. El sonido de mi laptop me hace levantar la cabeza, quito unos cuantos cabellos que se me han pegado en la frente y me recompongo al ver la notificación de un email con el nombre de mi hermana gemela.
Abro el correo a la velocidad de la luz, mi estómago se contrae apenas le doy un par de clic al mensaje con el mouse. Una lagrima traicionera se cuela y mi pecho se oprime al leer la primera línea. No somos dueños de nuestros sentimientos en algunas ocasiones amamos a las personas equivocadas y esto le pasó a ella. Akim se va a morir por esto.
De: Sandara Smirnov
Para: Mi alma gemela
Asunto: Lo siento tanto…
Dile a nuestros padres y a los abuelos que estoy bien. Gabriel está pasando por un crisis psicológica y no puedo dejarlo solo en este momento. No justifico lo que me hizo para retenerme a su lado, pero creo que si lo dejo podría empeorar las cosas para él. Las personas en la calle no están seguras si me mantengo alejada. Sus traumas son peores de lo que pensé y es por eso que debo retener a su bestia. Espero que pueda cambiarlo, porque sino quizás yo pueda tomar la misma suerte de esa gente que ya asesinó. Dara, estoy… enamorada de un psicópata.
Mi piel está helada, escribo un email breve en que le digo que no sea estúpida y regrese a casa lo antes posible antes de que Gabriel termine cortando su cuello y aunque sé que nada de lo que le diga la va a ser cambiar de parecer, aún así lo hago. El amor viene en extrañas circunstancias y ella es el ejemplo de esto. Es por eso que he tomado la decisión de no volver a amar a nadie, no permitiré que el amor vuelve a humillarme.
—¿Por qué lloras?—la voz del italiano me hace pegar un brinco sobre mi asiento, limpio mi rostro y apago mi computador para que no se dé cuenta del mensaje de mi hermana. Entre menos sepamos será mejor—Necesito que levantes tu bello trasero y me acompañes a Go Space.
Organizo unos papeles sobre el escritorio pero me detengo al escuchar lo último que dice—¿Qué tengo que ver yo con la empresa de tu familia?—recuesto mi espalda en el espaldar de la silla, con uno de mis pies me giro de un lado hacia otro con algo de pereza y sueño—, Además ¿Thomas no dijo que iría a mi apartamento hoy?—me burlo de él, dejo de respirar cuando correr hasta donde estoy, coloca ambas manos sobre el descanso para manos en donde me encuentro sentada y me mira con cara de querer matarme.
—No pruebes mi maldita paciencia, Miguel dijo que me debes acompañar a la empresa y tú verás si me desobedeces. Por ahora deja tu puto juego con el niñato ese, de verdad Dara, me estoy controlando para no alzarte esa falda y cogerte hasta que entiendas que eres solo mía…—me suelta.
—Eres una bestia—espeto cuando vuelvo a respirar, agarro mi americana y como si me hubiesen dicho «Si no mueves las nalgas te mato» salgo de mi oficina como si mi vida dependiera de ello. Sergei entra al ascensor y mira hacia a una de las cuatro esquinas del aparato sabiendo que si me toca en menos de un minuto el abuelo estará pegándole un tiro en la cabeza—¿Cuándo vas a entender de qué cogerme no significa que soy tu mujer?
El magnate hace sonar su vehículo y ruedo los ojos cuando se pavonea del coche que ocupa. A regañadientes me subo ignorando por completo lo que tenga que decirme. Sus ojos se clavan en la piel descubierta de mis piernas. Intento bajarme un poco la falta pero termino golpeándome la cabeza cuando al bastardo del italiano se le da por frenar de la nada.
Sus palabras suenan con tanta maldad que llego a pensar que este no es el mismo sujeto que conocí en ese crucero. Me tropiezo con el divisor del piso y caigo sobre su espalda. Mi tobillo me duele así que doy varios saltos por el dolor.—¡Duele!—mascullo adolorida. Escucho los murmullos de los oficinistas cuando en un momento de descuido el magnate me toma entre sus manos. Alguien le ayuda a abrir la puerta de una oficina y me quedo estática al leer «CEO ALEXANDER RUSSO»
—Él no está aquí, no te preocupes.
Me deposita en el borde del escritorio.
—¿Qué haces?—le pregunto al verlo abrir una pequeña nevera para líquidos.
—Busco hielo y aunque desearía que fuera para otra cosa…—me incómodo cuando recorre mi cuerpo con sus ojos—Me conformo con escucharte gemir de dolor…Y eso me hace preguntar ¿Cómo será tu cara de dolor? De solo pensarlo ya la tengo dura…
—¡¿Te van los fetiches?!—cuestiono.
—Te sorprenderías saberlo… Pero no te preocupes todo lo que te daría es placer…—No sé en qué momento me ha separado las piernas y se ha pegado en mi boca; su lengua llega hasta lo profundo de mi garganta. Sus manos se aferran con firmeza de mi cuerpo—Deseo clavarme en ti tanto que tu vagina pida más y más…—vuelve a besarme.
Un estropicio nos separa, los ojos azul aguamarina de Alexander nos mira a ambos con horror. Creo que nuestro juego se acabó…

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perteneces, pequeña