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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1496

—¿Qué?

Leticia Sotelo se quedó mirando fijamente a Bastián Sotelo, completamente incrédula, y le reclamó:

—Hermano, ¿no te habrás equivocado? ¿Cómo le va a gustar Casiana a Félix? ¡Por su culpa casi arruina su reputación en el pasado!

...

Bastián Sotelo apretó los labios, con una clara expresión de cansancio.

—Leticia, te lo digo por última vez. Deja en paz a Casiana.

Tras soltar esa advertencia, se dio la vuelta y se dirigió hacia su estudio. Aún tenía que resolver el desastre que había dejado la familia Hidalgo la última vez.

Leticia y Doña Jimena Mendes se quedaron solas en la sala de estar, mirándose la una a la otra.

—Mamá, ¿tú crees que lo que dijo mi hermano sea verdad? —Leticia se mordía el labio hasta dejarlo casi blanco—. ¿De verdad le gusta Casiana a Félix?

Si eso era cierto, significaba que ella ya no tenía ninguna oportunidad.

—Si le gustara, se lo habría demostrado desde el principio —Doña Jimena Mendes bufó, rebosante de confianza—. Llevan tres años casados y apenas ahora deciden presumir su amor. ¿A quién quieren engañar?

Seguramente solo lo hacían porque tenían miedo de avergonzar a la familia Hidalgo en público, actuando para mantener las apariencias.

Leticia lo pensó un momento.

Asintió.

Le pareció que su madre tenía mucha razón.

***

En el jardín trasero.

Doña Inés descansaba plácidamente en una mecedora. La mujer que la cuidaba le dio unas palmaditas en la mano y dijo con una sonrisa:

—Señora, su mayor tesoro ya llegó.

—¿Mi niña?

Doña Inés abrió los ojos de inmediato. Y ahí estaba, la nieta en la que pensaba día y noche, parada en la puerta con una sonrisa resplandeciente.

Junto a ella venía su esposo, Félix Hidalgo.

—¡Abuela!

Casiana soltó la mano de Félix y corrió emocionada a arrojarse a los brazos de Doña Inés.

—Mi niña hermosa, por fin regresaste —Doña Inés le acariciaba el cabello con ternura, incapaz de ocultar la alegría en su rostro—. Te extrañé muchísimo.

—Ya estoy de vuelta.

Casiana sollozó suavemente, aguantando las lágrimas mientras se acurrucaba en el regazo de su abuela, sintiendo una profunda paz en su corazón.

—Abuela, yo también la extrañé.

—Abuela —Félix se acercó, dejando los regalos a un lado, y la saludó con profundo respeto—. Sé que debe estar enojada porque no vine a visitarla en mucho tiempo. Deme un par de cachetadas para calmar su enojo.

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