Al terminar la frase, Sombra se puso de puntillas y dejó un pequeño beso en la comisura de sus labios.
—Vete ya, o perderás tu vuelo.
El ascensor comenzó a descender.
Sombra se quedó donde estaba, con la vista fija en el anillo, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro.
Hasta que una voz sonó a sus espaldas:
—Jefa, ¿así que no volvió a casa anoche?
El gerente del hotel se acercó y su mirada se posó en el anillo. Sus ojos se abrieron como platos:
—¿Ese es un anillo de compromiso? ¿Desde cuándo avanzan tan rápido ustedes dos?
—¿Y a ti qué te importa?
Sombra escondió la mano a sus espaldas y, cambiando su expresión por una de advertencia seria, le espetó:
—No vayas por ahí diciendo tonterías a nadie.
—¡Ay, yo nunca me atrevería a hacer eso! —El gerente rio nerviosamente—. Pero debo admitir que tienes excelente gusto. Ese Leonardo es todo un bombón.
—Por supuesto.
Sombra sonrió con arrogancia.
—No me conformaría con cualquier adefesio.
—Pero, ¿de verdad creen que puedan casarse? —preguntó el gerente con un tono de sincera preocupación.
Después de todo, las identidades de ambos eran bastante complicadas.
Sombra se quedó en silencio.
Antes de conocer a Leonardo, jamás había contemplado la posibilidad del matrimonio.
Pero después de lo que había sucedido la noche anterior, y al mirar ese anillo...
De pronto pensó que casarse y estar junto a él, tal vez, no sonaba tan mal.
Cuando tomas una decisión, simplemente la tomas y ya.
—Supongo que sí —respondió Sombra, mirándolo con una leve sonrisa—. Es solo cuestión de tiempo.
***
Palacio Presidencial.
Apenas llegó a casa, Sombra recibió una llamada de Aldana.
—Lo que me pediste, ya te lo envié al correo.
Aldana estaba sentada en el sofá, comiendo algo de fruta con calma. Su mirada estaba fija en el hombre a poca distancia, que le estaba adelantando el trabajo. Se sentía de muy buen humor.

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