M*****A TENTACIÓN. CAPÍTULO 83. Perdón
Podía parecer una completa casualidad, pero Elijah estalló en risas, acercándose a una de las mesitas de noche junto a la cama y sacando una cajita.
—Quería esperar a un momento especial para darte esto… o quizás lo estaba alargando porque tenía miedo de que me dijeras que no, o que creyeras que lo estaba haciendo solo por el bebé —dijo poniéndola en sus manos—. Pero jamás habrá un momento mejor porque yo te amo, ahora, siempre, con desesperación… te amo, Lynett. Y por nada del mundo voy a dejar de luchar por nosotros, por nuestra familia.
Lynett sostuvo la cajita y se mordió el labio inferior, dándose cuenta de que era demasiado pesada.
—Creo que esto se va a hacer una tradición en la familia ¿no es cierto? —preguntó refiriéndose a que lo que tenía en las manos no era un simple anillo de compromiso.
—No, tu padre la empezó y yo estoy dispuesto a continuarla contigo —sonrió Elijah—. Así qué…
Lynett desenvolvió el pequeño papel de regalo para encontrar algo muy parecido a la cajita de un anillo, solo que emitía un dulce sonido cuando se abría. Terciopelo rojo, madera preciosa y diminutas piedras preciosas engarzadas. A Elijah le faltaba mucho para ser orfebre pero se notaba que le había puesto el esfuerzo, así que aquella era la caja de música más torpe y hermosa que había visto en su vida.
—Es preciosa… ¡es realmente hermosa! —susurró mientras él sacaba aquel anillo y lo ponía en su dedo.
—Estoy seguro de que un día no muy lejano, cuando hayamos tenido a nuestro hijo, vamos a celebrar la boda más bella del mundo tú y yo, y ese día solo tendré que repetir los votos que te voy a hacer ahora: Te amo, más allá del deseo, del odio, de las malas decisiones, del miedo… te amo a pesar de todo y por todo. Te amaba cuando solo eras una tentación y ni siquiera sé cuándo dejaste de serlo para convertirte en todo mi mundo pero eso eres. Eres todo mi maldito mundo, Lynett Evans, y voy a protegerte hasta el fin de mis días. ¿Me darías la inmensa felicidad de ser mi esposa?
—Sí… —fue el único susurro que se escuchó—. Claro que sí.
Para el momento en que Elijah terminó de ponerle aquel anillo en el dedo, Lynett ya tenía los ojos llenos de lágrimas y dejaba escapar un largo suspiro.
—No sabes cuánto me alegro de que hayamos hecho esto ahora —murmuró ella, porque es el momento justo, es el momento exacto… para que llames a la doctora.
Elijah la miró arrugando el entrecejo y sintió que perdía el aliento.
—¿Te sientes mal? —la increpó.
—No, me siento bien, pero o me hice pipí, o nuestro bebé ya decidió que va a salir —respondió ella y un segundo después veía cómo Elijah ponía patas arriba toda la habitación buscando el teléfono que tenía en el bolsillo.

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