LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 68. Complicidad
Lo peor de todo no era escucharlo gritar “señor, sí señor”, lo peor de todo para Sebastián fue que en aquel mismo momento fue como si se convirtiera en un cero a la izquierda porque nadie, absolutamente nadie, estaba preguntándole su opinión sobre aquello.
Ranger descargó la bolsa de campaña que todavía llevaba al hombro y se acercó de inmediato. En aquella casa ya lo conocían, pero nadie tenía conocimiento de que era un ex militar.
—Gracias a él fue que pudimos encontrar a la niña —sentenció Rufus mientras el resto de la tropa perdía completamente el mérito, y por supuesto sólo había uno del resto de la tropa al que eso le importara—. Uno de los oficiales más destacados de las fuerzas especiales, altamente entrenado y con buenos contactos. Lo dejo a tu disposición.
—Bueno... —murmuró la abuela mirándolo de arriba a abajo—. Todo sea por que cuide a la niña ¿verdad? —suspiró—. Vamos muchacho. Merci, por favor, prepárale una de las habitaciones de la casona y...
—Yo no me voy a quedar en la casona —sentenció Michelle y todos se volvieron a mirarla.
—¿Cómo que no, hija? —se preocupó la abuela.
—Con todo lo que ha estado pasando, lo último que necesito son más personas a mi alrededor. El doctor lo dijo, tengo que descansar, estoy agotada, lo único que quiero es volver a mi casa, a mis novelas... y olvidarme de todo lo demás.
Era obvio que todo el mundo iba a ponerse a protestar, comenzando por Sebastián.
—¡¿Pero Michelle, de qué estás hablando!? ¡Precisamente después de todo lo que ha pasado lo último que puedes hacer es quedarte sola y en aquella casa! —la reconvino.
—¡Oye, oye, yo cuento como alguien! —declaró Eva adelantándose y mirándolo con ese pequeño instinto asesino disparado que hacía sonreír a Asher involuntariamente.
—¡A ver, yo me puedo quedar también! —se brindó el gemelo, más puesto que un calcetín—. ¡Si quieren yo las puedo acompañar allá por algunos días...!
—No se puede —le gruñó Sebastián antes de que Eva pudiera rechazarlo con cero ternura—. Solo hay dos habitaciones en la cabaña y una no se usa.
—¡Bueno pues duermo en el sofá! —rezongó su hermano abriéndole los ojos.
—¡Que no, caramba, que solo hay una cama!

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