LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 67. Una amenaza cumplida
—¡Espera, espera, espera! —Sobraba decir que a aquella hora ya Sebastian estaba que le echaban humo las orejas, porque se había pasado el resto del camino pensando en qué demonios tenía que hablar su padre con Ranger, porque además de ser el mejor amigo de Nate y en efecto un hermano del corazón para ellos, ¡era evidente que no tenía nada más que ser allí!—. ¿Qué es lo que está pasando aquí, si se puede saber?
Pero antes de que pudiera hacer un escándalo, el señor Rufus le hizo un gesto a Ranger para que se adelantara a entrar a la casona mientras él se quedaba poniendo en su sitio a Sebastián.
—Más te vale que te comportes, porque la situación es delicada —le advirtió como si no estuviera tramando absolutamente nada en su contra—. Ahora la prioridad es proteger a Michelle y a tus hijos, así que cuídate mucho de hacer un escándalo.
—¿¡Y crees que no sé eso?! —gruñó Sebastián—. No me hace ninguna gracia que Walter Hughes haya quedado libre, por más que le haya dejado inutilizado el aparatito de meter sustos.
—Entonces no hay más que hablar —sentenció Rufus echando a andar hacia la casa—. Alguien tiene que quedarse cuidando a Michelle, ¡y Ranger es simplemente perfecto para la tarea!
—¿¡Pero cómo va a ser perfecto, papá!? ¡Son mis hijos! —exclamó Sebastián mientras intentaba que no se le notara demasiado que estaba listo para protestar.
—Pues sí, pero es que tú no te puedes quedar, Sebastián. Es evidente que Michelle y tú no están ahora en su mejor momento, ni siquiera como buenos amigos, así que lo último que hace falta es que ella esté molesta o inquieta. Por eso tomé la decisión que tomé.
—Bueno, pues ¿adivina qué, papá? ¡No es precisamente tu decisión como para que la tomes! —gruñó Sebastián pasando a su lado y apresurándose a entrar en la casa mientras su padre hacía un gesto de negativa resignación y se encogía de hombros.
—Sí, pues eso vamos a verlo —murmuró.
Y en efecto tenía razón, porque apenas Sebastián entró a la casa cuando ya la señora Constance había sido rodeada, saludada y apapachada por el resto de los chicos Vanderwood.
—¡Ay por Dios, solo quisiera tener más nietas! —exclamaba Constance juntando las manos mientras miraba a aquellos seis hombres frente a ella, porque juraba que sin importar lo trajeados que fueran, cada uno tenía un vaquero en su corazón.
—¡Yo lo que quisiera es tener veinte años menos! —suspiró Merci abanicándose con la revista más cercana que pudo encontrar—. Y a mi edad eso ya no es colágeno, es directamente un biberón.

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