CAPÍTULO 63. Una duda
Decir que la mujer frente a él estaba más blanca que la axila de un vampiro habría sido ofender al pobre vampiro, pero lo cierto era que la asistente que tantas veces había traicionado a sabiendas a Frederick Evans, no había esperado en ningún momento que su nuevo jefe se diera cuenta de que ella era el Caballo de Troya que mantenía informados a sus enemigos.
—Señor… yo no… no sé de qué me hab…
—¡Ahórreselo, Voigh! —gruñó Elijah—. Desde que llegué a esta empresa mandé a poner cámaras donde los empleados ni se imaginan, precisamente por eso tengo unas muy buenas tomas suyas escuchando mis conversaciones privadas y por supuesto, informando a los que están desfalcando a esta empresa para que usaran a Angélica Giraldez como chivo expiatorio.
—No… espere yo no…
A la puerta tocaron con insistencia y la asistente se levantó de su silla como un resorte al ver entrar a un hombre mayor con una placa de policía colgando del cuello.
—Se lo acabo de decir, todo dependerá de su cooperación —escupió Elijah caminando hacia ella con un gesto amenazante—. El detective está aquí para escuchar su declaración, y créame, es mejor que escuche la suya, porque le garantizo que la de Martin Hanover no se inclinará a su favor. ¿No cree?
Durante un segundo que pareció infinito los dos hombres en aquella oficina vieron cómo el rostro de la mujer se desencajaba. La habían agarrado con sorpresa con aquella acusación y cuando comenzó a temblar al escuchar el nombre de Hanover, Elijah supo que Lynett no se había equivocado: aquel era uno de los infelices que había llevado a Frederick Evans al borde de la quiebra y de tener que vender la mitad de sus acciones.
El policía puso una grabadora de mano frente a ella, a la mejor versión de la vieja escuela, y le sonrió con sorna.
—Alguien va a tratar de salvar su trasero hoy, o usted o Martin Hanover —sentenció—. Solo le estoy dando la oportunidad de que salve el suyo porque es la que menos escala tiene en la cadena alimenticia —espetó el policía—. Así que le aconsejo que se siente y confiese todo. A quién ayuda, quién le paga, cómo le pagan, desde cuándo están haciendo negocios sucios contra los dueños de la empresa. Declare ahora, o usaré las próximas cuarenta y ocho horas para levantarle todos los cargos criminales posibles y llevarla yo mismo a la cárcel de Bedford Hills.
De la garganta de la asistente salió un gemido ahogado y más que sentarse, se dejó caer en una de las sillas, porque las piernas habían dejado de sostenerla en cuanto había escuchado la palabra “cárcel”.
Carraspeó asustada y luego se inclinó hacia la grabadora sobre el escritorio.
—Voy… yo voy a declarar, pero quiero un trato, oficial…
—Detective.
—Señor detective, yo… quiero un trato. Yo solo soy una lleva y trae, solo una asistente que escucha cosas y bueno… me pagan por mantenerlos informados, pero no desfalco nada ni robo. ¡Lo juro!
—Muy bien. Entonces ¿quién le paga por ser una chismosa glorificada? —la interrogó el policía con tono severo.
—Martin Hanover. El señor Hanover es el que me pidió que les informara —balbuceó la mujer ante la mirada intimidante de Elijah.
—¿Les? —insistió el detective.
—Sí, a él y a… a la señora Evans —dijo la asistente y mientras el detective definitivamente ponía cara de sorpresa, Elijah fruncía el ceño y gruñía una maldición.
—¿Cuál “señora Evans”? —siseó entre dientes mientras su corazón se detenía por un segundo, porque esperaba que Lynett no fuera tan tonta como para delatar a su propia cómplice.
—Flo—Florence Evans —articuló apenas la secretaria con los ojos húmedos—. Ella, ella quería saber cada movimiento de su esposo, cada decisión y… bueno… en un momento le estaba contando lo que me pedía y al otro…
La mujer se detuvo pero el policía entendió de inmediato.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana