CAPÍTULO 62. Un hombre vale tanto como vale su palabra
La expresión de Elijah era la de un hombre petrificado, mudo, aturdido, y Lynett se habría dado cuenta de eso si solo se hubiera atrevido a mirarlo. Pero sus ojos estaban en el paisaje fuera de la ventana que tenía más cerca mientras sus labios se convertían en una línea fina y apretada.
—Sé que nunca quisiste creerme, pero yo no lo hice —murmuró por lo bajo—. No te puse ninguna trampa, yo… solo no podía entender qué era lo que había pasado ese día, cómo…
Cómo su madre se había enterado de que ella iba a verse con Elijah esa noche en el hotel Pioggi, porque a aquellas alturas ya no le cabía ninguna duda de que quien estaba detrás de todo eso era su propia madre. Pero desde el momento en punto en que se había dado cuenta de que la asistente debía estar escuchando las conversaciones de Elijah, desde ese mismo momento había comprendido que solo la señorita Voigh podía haberle contado a su madre.
—Elijah, lo que pasó esa noche no…
—No estoy seguro de que lo mejor sea hablar de eso ahora mismo, Lynett —dijo él pasando saliva y la muchacha sonrió con impotencia.
—Claro… entiendo. —Después de todo él quería seguir creyendo lo que mejor le conviniera a su conciencia—. Entonces… eso es todo. Ten cuidado de qué dices a partir de ahora porque creo que desde hace mucho que tu oficina no tiene privacidad.
Le dio vuelta a su silla haciendo un ademán para irse, pero él la detuvo sosteniendo con fuerza el respaldo.
—¡Espera! Yo… lo voy a investigar —le aseguró—. Voy a llegar al fondo de esto, te lo aseguro.
La vio asentir en el más absoluto silencio y para el momento en que se quedó solo, Elijah se mesó los cabellos con un gesto de impotencia. Si eso era verdad… si es era cierto entonces había estado torturando a Lynett desde el primer instante por gusto… o al menos desde el incidente del hotel, porque lamentablemente eso no cambiaba el hecho de que la había escuchado conspirar con su madre para quitarle todo.
Su cabeza era una madeja aun más enredada que su corazón, y Elijah pasó el resto de la parde tratando de poner sus sentimientos en orden, sin embargo para cuando se dio cuenta ya había anochecido y la hora de la fisioterapia ya se había pasado.
—¡Maldición! —gruñó caminando hacia la habitación de Lynett, pero estaba completamente vacía.
La puerta de la terraza estaba abierta y salió hacia los jardines traseros, siguiendo el camino hasta la piscina de fisioterapia solo para verla sentada en uno de los escalones, totalmente mojada y con una expresión de dolor inconfundible en los ojos.
—¿Por qué no me llamaste? —la increpó sentándose a su lado, sin importarle que el pantalón se le mojara.
—Porque no puedo necesitarte para todo —susurró ella mientras masajeaba despacio su tobillo—. Pude llegar aquí y meterme en el agua…

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