CAPÍTULO 61. Un doloroso descubrimiento
Elijah sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, pero acarició la cabeza de Lynett, intentando comprender qué era lo que la estaba poniendo mal.
—A ver… despacio, respira —susurró levantando su barbilla—. Mírame, eso… mírame… —le ordenó con tono bajo y autoritario—. Necesito que te calmes para poder entender. Respira.
El pecho de Lynett subía y bajaba al compás de una respiración entrecortada, y Elijah sujetó su barbilla y su mano bajó por su garganta con un gesto muy suave, pero si quería tranquilizarla eso no iba a dar mucho resultado, porque sus dedos rozando el borde de sus senos solo hizo que la muchacha contuviera el aliento.
—Suéltalo, no te voy a hacer nada —murmuró Elijah—. No te voy a hacer nada, solo quiero que te calmes.
Lynett pasó saliva y cerró los ojos por un momento mientras sentía la forma en que su piel se estremecía.
—En mi… en mi silla —balbuceó—. Detrás del cojín de respaldo… —intentó explicarle, pero apenas Elijah hizo un ademán para salir la mano de Lynett tiró de él, reteniéndolo—. ¡No puedes salir, ella se va a dar cuenta! —exclamó en un susurro desesperado y Elijah respiró hondo.
—A ver, chiquilla ¿y qué esperas? —dijo muy bajo—. Igual va a saber que esto es puro teatro, no hay ni un sonido aquí —replicó él y Lynett abrió mucho los ojos, comprendiendo.
Debía haber esperado. Debía haber esperado unas horas más cuando se fueran a casa para decirle a Elijah aquello en la seguridad de otro lugar, pero lo que había descubierto la había afectado tanto que su primer instinto había sido ir hacia Elijah lo más pronto que podía.
—¿Y qué… qué se supone que…? ¡Yo no puedo…! —jadeó la muchacha y Elijah cerró los ojos con un suspiro bajo.
—¿No sabes gritar? Eso no es cierto —murmuró acercándose más a ella y la escuchó soltar un jadeo impresionado por aquella presión entre sus piernas—. Sí, sí sabes…
—Elijah, por favor…
—Solo necesitas el estímulo adecuado —replicó él mientras la envolvía en un nuevo y posesivo abrazo y su boca iba a la de Lynett, devorándola, sometiéndola, bajando por su cuello mientras sus dedos hacían surcos suaves en su espalda—. No voy a tocarte de más, pero quiero que grites… solo quiero que grites… cierra los ojos…
—Elijah no…
—Cierra los ojos, chiquilla…
Y quizás eso era aprovecharse de un momento vulnerable, o quizás era dar rienda suelta a esas emociones que ya no podía controlar, pero Elijah cumplió su palabra de no tocarla de más. Sus manos no se movieron de sus caderas, inmovilizándola, pero su boca hizo una fiesta de besos en su garganta, en su hombro, en sus pechos, hasta que sintió aquella respiración acelerándose, entrecortándose…
—¡Elijah!
—Grita… por favor grita o voy a dejar de controlarme, chiquilla, grita —gruñó él.
Y la verdad era que no podía gritar, pero un instante después aquellos gemidos que se escapaban del pecho de Lynett llenaron la oficina y Elijah golpeó el lavabo con el puño antes de detenerse finalmente, con su frente apoyada en la de Lynett.
—Eso estuvo… creíble —murmuró mientras luchaba contra aquella erección y contra el deseo elemental y profundo que le había despertado cada sonido que salía de la boca de la muchacha—. Ahora vamos a salir de aquí.
Lynett lo vio echarse atrás, desarreglarse la corbata y despeinarse un poco antes de levantarla en brazos y sentarla de nuevo en su silla. Y ninguno de los dos tuvo que fingir lo aturdidos que estaban cuando salieron de la oficina y Elijah carraspeó en dirección a la asistente, cubriéndose de la cintura para abajo con el maletín ejecutivo para que no se le viera… la intención.
—Señorita Voigh… voy a llevar a mi esposa a casa. Me retiro temprano. Para cualquier urgencia ya tiene mi teléfono —sentenció y tanto él como Lynett se dirigieron al ascensor para salir al estacionamiento del edificio.

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