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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 59

CAPÍTULO 59. Un karma muy malo

La mañana terminó en medio de una extraña nebulosa en la que Lynett intentaba mantenerse tranquila, pero notaba la preocupación de Elijah por lo que le había dicho.

Ninguno de los dos mencionó ni una sola palabra por el camino, pero apenas llegaron fue como si el caos se desatara y no precisamente por el trabajo, sino porque la amable enfermera ancianita los recibió en traje de baño y no se supo de quién había sido el grito de sorpresa más fuerte.

—¡Jesús santísimo! ¿¡Pero qué es esto, señora Raferty!? —exclamó Elijah azorado porque ver a una señora de casi setenta años en trusa, con gorro de baño y careta de natación no era precisamente lo que había esperado al llegar a su casa.

—¡Es hora de la fisioterapia de la señora Evans! —sentenció la mujer con decisión—. ¡Me la llevo a la piscina! ¡Usted mismo dijo que no se puede saltar la fisioterapia!

Elijah miró a Lynett pasando saliva y lo que vio en los ojos de la muchacha fue una amenaza en toda regla.

—Yo te mato, Elijah, yo te mato… —susurró ella tirando de su chaqueta para que se inclinara y un segundo después él carraspeaba con fuerza y se atusaba la corbata.

—Este… ¿sabe qué, señora Raferty? ¡Yo me voy a ocupar personalmente!

—¡Pero señor Vanderwood, la señora necesita una enfermera experta! —se quejó la mujer.

—¡Comprendo, comprendo! ¡Pero yo necesito ahorrarme la indemnización por ahogamiento accidental y/o fractura de cadera por resbalón en el área de la piscina! —sentenció él—. Así que por favor vaya a cambiarse que yo me ocuparé de Lynett.

—¡Pues no estoy de acuerdo!

—Pues está despedida.

—Pues estoy un poco más de acuerdo —replicó la señora Raferty—. Usted ocúpese de la fisioterapia y yo de todo lo demás —declaró dándose la vuelta para ir a cambiarse.

—¡Gracias, señora Raferty! ¡Es usted un ángel! —le gritó Lynett tratando de contener la risa mientras Elijah se aflojaba la corbata y se sentaba en el brazo de un sofá frente a ella.

—¡No entiendo por qué me pasan estas cosas, Dios! ¡Siento que me van a sangrar los ojos! —susurró él y Lynett se cubrió la boca con una mano para no estallar en carcajadas.

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