CAPÍTULO 58. Una sospecha en el corazón.
Lynett contuvo el aliento cuando veía aquella mansión enorme. Sin dudas era mucho para un hombre que se había visto en un gran aprieto económico hacía pocos años, pero si cualquier excusa podía pasar por la mente de Lynett, como que hubiera vendido la propiedad, por ejemplo, eso quedaba desestimado en el momento justo en que vieron salir a Martin Hanover en un auto modesto, al parecer para guardar las apariencias.
—Hay que investigar —dijo Lynett—. No podemos acusarlo solo porque se recuperó después de un tropiezo, quizás recibió una herencia o… —Por un segundo la expresión llena de sarcasmo de Elijah la detuvo, pero la muchacha se mostró firme—. Es mejor investigar antes.
Él asintió despacio y condujo de vuelta a la casa, pero sabía que no sería muy difícil que Ranger lo ayudara a investigar por dónde le había entrado aquel nuevo dinero a Martin Hanover.
—Si acaso fuera él… —murmuró Lynett cuando estuvieron de vuelta en la cocina—. Que no digo que lo sea, pero si fuera Martin… sé que no es el único. El abogado… el amante de mi madre, Basset, sé que tiene las manos metidas en eso. Los escuché decirlo, que habían estado tratando de arruinar a mi padre, que le habían estado robando.
Elijah tomó su mano por encima de la mesa y la acarició con un gesto suave.
—No he querido hacer nada al respecto hasta que no estemos seguros de todo —le dijo—. Pero en cuanto todas las piezas estén en su lugar, en cuanto esté seguro de qué conexión tienen o cómo le robaron a tu padre, yo mismo los meteré a la cárcel. Te lo aseguro.
Lynett contuvo el aliento, pero no estaba segura de que Elijah sería capaz de hacer eso sin levantar sospechas. Y por menos que le gustara estar involucrada, la muchacha sabía que la única forma de no crear alertas era si las mismas personas comunes volvían a la empresa.
—No puedes contratar un auditor… pero yo puedo volver. Al menos por un par de semanas —cedió y Elijah la miró con curiosidad.
—¿Estás segura? —le preguntó.
—Conozco esa transportadora mejor que nadie, y ya tengo los informes que discrepan, sé por dónde empezar a buscar, solo… déjame volver a mi antigua oficina y yo me encargaré —aseguró ella.
Elijah lo pensó durante un momento, pero aun si ponía de lado que necesitaba su ayuda, también prefería tenerla cerca trabajando en la transportadora a mandarla a la constructora con el “guapo jefe” de Kenneth McGregor.
—Bien, bien, volverás a la empresa pero con una condición —murmuró—. Solo estaremos allá en las mañanas, y en las tardes no te vas a saltar ni una sola fisioterapia… y yo te voy a ayudar.
—“Quid pro quo”, “algo por algo” —murmuró Lynett y aunque no entendía aquella intención de Elijah de ayudarla, prefirió quedarse con la razón de que solo intentaba devolverle el favor—. Está bien.
Así que se comieron aquellas tortitas que ya estaban frías y pasaron el resto del día preparándose para la vuelta a la oficina. Lynett trató de apañárselas lo mejor posible sin enfermera, pero al día siguiente en la mañana ya tenía a una nueva, miope y casi ancianita, para cuidar de ella.
Por supuesto que apenas llegaron a la oficina lo primero que recibieron fueron aquellos alarmantes chismes sobre un fantasma jorobado deambulando por el edificio de la compañía, y Elijah y Lynett se miraron con una sonrisa cómplice en los ojos que trataron de disimular a toda costa.

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