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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 54

CAPÍTULO 54. Un silencio en la oscuridad

Los pasos estaban tan cerca que Lynett sentía que se desmayaría en cualquier momento. Y quizás fue perfectamente capaz de sentirlo, porque uno de sus brazos fue a rodear su cintura mientras la apretaba aun más contra él.

Las ganas de resolver el problema y ver quién demonios había estado saboteando a su padre era muy poderoso, pero no se había detenido realmente a pensar que podían atraparlos allanando propiedad privada y sobre todo propiedad de un maniático del control.

—¡Ay qué asco! ¡Algo se está moviendo ahí! —gritó un guardia apuntando con su linterna.

—¡No seas gallina, ya llegaste hasta ahí, revisa el armario! —exclamó el otro y Lynett sintió que su corazón se detenía.

—¡¿Para qué si ya sé lo que escuché!? ¡Si hay alguien en ese armario ya se lo deben haber comido las ratas! ¡Qué asquerosidad, hay que decirle al dueño que hay plagas aquí! ¡Vámonos!

—¡Que no son ratas nada más…! ¿Y si es un fantasma? ¿Sabes si ha muerto alguien en este piso?

—¡Ya deja de leer novelas de terror, Mike! ¡Te achicharran el cerebro…! —se quejó su compañero—. ¡Pero mejor nos vamos!

Los pasos se volvieron erráticos y solo unos minutos después el azote de la puerta sacó todo el aire que Lynett estaba conteniendo, aunque su reacción estaba a punto de ser mucho peor de lo que él esperaba.

—No te muevas… —escuchó la voz de Elijah y la verdad era que ni se atrevía.

No estaba segura de que los guardias se hubieran ido, pero tampoco estaba segura de cómo diablos lograrían salir de allí sin tirar algo y hacer un escándalo. ¡Y menos estaba segura de cómo seguir respirando después de escuchar lo que decían los guardias!

—Tengo que reconocértelo. Jamás me cruzó por la cabeza que fueras tan arriesgada —dijo él en voz baja y Lynett negó con inquietud.

—No lo soy… no lo soy en absoluto… no pensé bien esto… juro que no lo pensé…

—Oye, cálmate… cálmate… todo va a estar bien —dijo Elijah, pero para ese momento ya podía sentir aquella tensión temblorosa con la que el cuerpo de la muchacha se pegaba a él.

—Dijeron “ratas”, ¡dijeron que había ratas! —Lynett ahogó un chillido—. ¡Ay por Dios si me cae una encima voy a morir…!

—Solo es un animalito, chiquilla.

—¡Voy a morir, dije…! —exclamó ella en un susurro desesperado.

—¡Ya, pero muere en silencio o nos van a descubrir! —intentó silenciarla él, inútilmente, porque en el mismo instante en que un “cuic” se escuchó junto a ellos, supo que aquel grito saldría inexorablemente de la garganta de la muchacha.

Y solo había algo que hacer.

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