CAPÍTULO 50. Ya no me queda nada
Elijah se quedó mudo por un segundo y la miró con la incredulidad reflejada en el rostro.
—¿Perdón? —murmuró sin poder creerlo.
—Mi padre… hacía estas para mí —fue la respuesta de Lynett y durante un largo momento Elijah la miró con curiosidad—. Una vez me contó que me costaba mucho dormir cuando era bebé, así que me puso la caja de música de mi abuela y eso me calmó. Cuando esa cajita se rompió, mi papá fabricó él mismo otra para mí. Y en cada uno de mis cumpleaños me entregó una. Esta debía ser la de mi cumpleaños número veinte… supongo que papá la tenía guardada…
Elijah sintió que se le hacía un nudo en la garganta y negó con tristeza.
—Lo siento, sé que es difícil perder a alguien que quieres —murmuró.
—Esto es todo lo que tengo de él —suspiró Lynett—. Todo lo que realmente importa. La empresa… estará bien contigo, pero ya no puedo pelear por ella… Estoy cansada.
—Lynett…
—Solo tráeme los papeles y te los firmaré —aseguró la muchacha—. Necesito una cuenta de banco nueva, diferente de la empresa, y estaré bien con el precio de mercado, no quiero que me des el doble. ¿De acuerdo?
Elijah sintió despacio y aunque su mano hizo un gesto inconsciente para llevar a una de sus manos y acariciarla, ese gesto se detuvo en el mismo momento en que se dio cuenta de lo que hacía.
—¿Cenamos? Puedo hacer un excelente “Ya te vi” —le propuso, pero los ojos de la chica estaban concentrados en aquella mutilada bailarina.
—Hoy no, por favor.
Él asintió en silencio y la dejó sola con aquella melodía. Un mes no iba a ser suficiente, porque Lynett parecía más apagada y frágil que nunca, así que Elijah sacó su teléfono y marcó el número del único hombre que respaldaba hasta sus más grandes estupideces.
“¿Y ahora a quién vamos a matar, señor presidente?”, suspiró Sebastian y Elijah sonrió con malicia.
—Lynett va a venderme sus acciones a precio de mercado —le dijo—. Necesito que me traigas a los abogados corporativos de nuestra empresa, a un oficial de policía de confianza y a nueve guardias de seguridad. ¡Ah, y contacta con una empresa de embalado especial!
“¿Perdón?” Se espantó su hermano. “¿Y tú como para qué quieres todo eso? ¡No me jodas! ¡Vas a momificar a Lynett! ¡¿Ya se te fueron las tuercas?!”, lo increpó Sebastian.
—¡Ya no digas babosadas y haz lo que te pido! —rio Elijah—. ¡Y rápido, que no tenemos toda la semana!
Y en efecto, al día siguiente a las nueve de la mañana Elijah Vanderwood tenía exactamente todo lo que había pedido, y un policía condecorado y experimentado lo acompañaba hasta la puerta de la mansión Evans, donde le abrieron la puerta apenas vieron la placa.
—¡Pero… ¿esto qué es?! —exclamó Florence bajando la escalera aun en una escandalosa y muy poco adecuada bata de dormir.
—Señora Florence, tenemos una orden de registro para las habitaciones de su hija, por sospecha de uso de estupefacientes —declaró el policía sacudiendo frente a ella una hoja de papel que guardó a la misma velocidad, sin darle tiempo a que la leyera—. ¡Usted! —señaló a una de las criadas de la casa—. Acompañe a estos señores a la recámara de la señora Lynett, por favor. De inmediato.
La muchacha se apresuró a obedecer mientras Florence se encargaba de protestar a viva voz y Elijah solo sonreía junto al policía.
—¡Esto es inaudito! ¡Mi hija no consume nada, menos en esta casa…! ¡No hay drogas aquí! ¡¿Estás locos?! —Sus ojos tropezaron con los de Elijah y levantó un dedo acusador en su dirección—. ¡¿Esto es obra tuya?! ¡¿Qué diablos estás intentando hacer?! ¿¡Plantarme alguna basura para sacarme del camino?! ¡¿Eh!?
Elijah levantó una ceja divertida y negó.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana