CAPÍTULO 47. Una sola condición
Durante un instante que pareció infinito Lynett se le quedó mirando. Había esperado amenazas, coacción, gritos, peleas, en el mejor de los casos esperaba que le ofreciera un acuerdo horrible donde ella saldría perdiéndolo todo; pero en lugar de eso Elijah no solo le estaba haciendo una oferta por sus acciones, sino que pretendía pagarle el doble solo para que ella le vendiera las acciones de la empresa de su padre.
—Nunca pensé… —murmuró con los ojos cristalizados—. Nunca pensé que todo lo que mi papá me había enseñado a amar terminaría destruido, en manos de gente que nunca sabrá valorarlo.
Elijah negó con impaciencia y se acercó a ella.
—Lynett, si te estoy ofreciendo comprar tus acciones no es porque no valore la empresa de Frederick, ¡al contrario! ¡Es porque invertí tan fuerte en ella que no quiero verla destruida! —replicó con intensidad—. Pero no voy a poder hacerlo a menos que obtenga la presidencia. ¡Te garantizo que no voy a hacer nada para que la transportadora quiebre, también está en juego mi patrimonio, dinero por el que he estudiado y trabajado hasta ahora, y está en juego el nombre de mi familia! ¡No voy a dejar que la empresa se pierda, pero necesito esas acciones! ¡Por favor, véndemelas!
Lynett no pudo evitar un jadeo de sorpresa, porque definitivamente “por favor” no eran palabras muy comunes en el vocabulario de Elijah Vanderwood; y miró aquel papel, viendo cómo la cifra de ochocientos veinte mil dólares en acciones, se habían convertido de repente en un millón seiscientos mil que él le ofrecía.
Cualquier empresaria inteligente habría tomado la oferta sin dudarlo. Pero no ella, porque desgraciadamente aquel era un asunto sentimental para Lynett. Todo lo que le queda de su padre eran aquellas acciones.
—Hay algo más… —susurró por fin—. Te las venderé. Te daré mis acciones a cambio de una cosa, una sola cosa.
Elijah frunció el ceño, mirándola expectante y su corazón casi se detuvo cuando la escuchó pronunciar aquellas dos palabras.
—Déjame ir.
—¿Qué…? —balbuceó y Lynett lo miró con aquellos ojos llenos de lágrimas.
—Déjame ir. Dame el divorcio. Deja que me vaya de esta casa, que me vaya lejos… —dijo la muchacha y él no supo por qué, pero sintió cada una de esas palabras que parecían súplicas como una cuchillada en el corazón.
Él tampoco había querido tenerla cerca. Él también había odiado cada segundo de estar con ella. Entonces ¿por qué le molestaba tanto que quisiera dejarlo?
—No —fue su única respuesta, baja pero tajante.
—¿Qué? ¡¿Por qué no?! —le pregunto Lynett consternada—. ¡Tú vas a tener lo que quieres y yo…!

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