LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 44. El principio del fin
Nadie conoce realmente el alma de las personas, y por más extraño que pareciera, y por más desesperada que estuviera Ivanna Stableton, nadie podría imaginar jamás hasta dónde llegaba su determinación de encontrar a Sebastián.
Durante semanas se había mantenido en el rancho, durante semanas había esperado y rezado y movido cada hilo que tenía para averiguar algo sobre él, sin embargo era como si la tierra se lo hubiera tragado.
Pero ahora que estaba de nuevo sobre la pista no iba a perder la oportunidad.
Rufus Vanderwood sabía algo. Ranger sabía algo, y no iba a permitir que la mantuvieran al margen.
No le quedó más remedio que esperar, protestar, suplicar y esperar, porque mientras a ella no le decían nada, era evidente que Rufus tampoco le había dicho ni una sola palabra sobre aquello al resto de sus hijos. Y estaba bastante segura de que la única razón por la que el viejo patriarca no le había pedido que se largara de su propiedad era porque quería tenerla vigilada.
Sin embargo ahora era diferente, porque cada vez que Rufus Vanderwood ponía un pie fuera de aquella propiedad, había alguien que lo estaba siguiendo.
—Colorado —fue lo único que dijo su contacto dos semanas más tarde, después de uno de aquellos viajes que Rufus hacía sin avisar—. Estoy bastante seguro de que está en Colorado.
Ivana no dijo ni una sola palabra. Tenía que pensarlo bien... Tenía que pensar demasiado bien qué demonios iba a hacer, porque no era como que tuviera muchas opciones por delante.
—¡Maldición, solo necesitaba un poco más de tiempo! —gruñó con impotencia mientras se miraba al espejo.
La vida definitivamente no la quería, porque le había quitado al hombre que amaba y encima no le daba la oportunidad de recuperarlo.
Había hecho locuras por él, y parecía que todavía debía estar dispuesta a hacer unas cuantas más. Sin embargo nadie podía negar en el mundo que ella era una mujer determinada.
La finca estaba en pleno ajetreo en un lunes común, los hermanos Vanderwood seguían en su desesperación natural y Asher no la miraba ni dos veces seguidas a menos que estuviera llorando a moco tendido, así que nadie se percató de que estaba saliendo de la hacienda para comenzar aquel viaje.
Dos semanas habían pasado, pero mientras para ella eran un maldito infierno de incertidumbre, a cientos de kilómetros de allí, Sebastián era completamente ajeno a lo que estaba pasando en Texas.
La hacienda de la abuela Constance florecía bajo su mando. Michelle se estaba recuperando bastante bien de aquel accidente con Emperador, y Sebastián no se alejaba de ella más que lo estrictamente imprescindible. No importaba cuántas veces le llamara “loca”, Michelle era la cosa más cuerda, real y hermosa que tenía en su vida. Lo hacía levantarse con una sonrisa y acostarse con otra, y todo lo que iba en medio era absolutamente esperado y delicioso.
Ella seguía escribiendo y de cuando en cuando le comentaba cómo iba progresando su novela, y Sebastián moría de risa pero no se atrevía a decirle que aquel protagonista suyo se parecía demasiado a él.
—¿Cuántos millones de lecturas tienes ya? —le preguntó uno de esos días acurrucándose detrás de ella y la muchacha le mostró la pantalla de su celular—. ¡Uff, dos millones! ¿Eso es mucho? —exclamó Sebastián.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana