CAPÍTULO 44. Marcas
¿Ganas de ponerse tierno y meloso? Ningunas. La verdad era que Elijah no sabía ya cómo ser el hombre atento, romántico y confiado que había sido una vez. De hecho parecía que había perdido hasta la capacidad más básica para pedir disculpas, pero eso no cambiaba el hecho de que la culpa lo carcomiera y que estuviera decidido a que Lynett se recuperara.
Empujó la puerta de su habitación con expresión frustrada, porque no podía creer que tuviera que arrearla hasta la cocina como a una cabrita bebé, pero en el mismo segundo en que entró en la habitación le pareció demasiado caliente.
La vio acurrucada con una manta en el diván cerca de la ventana hacia la terraza, y a pesar de la calefacción se notaba que estaba temblando.
—¡Oye, chiquilla…! ¡Lynett! ¡Lynett despierta! —intentó sacudirla para que reaccionara, pero apenas le puso las manos encima se dio cuenta de que estaba más caliente que la misma habitación—. ¡Maldición, estás volada de fiebre! —gruñó con impotencia y sacó su teléfono para buscar el número de la enfermera, pero en el último segundo pareció cambiar de opinión.
Veinte minutos después la que entraba por la puerta de su casa era la doctora Leaderman, con una maleta médica y una ambulancia esperando afuera.
—¿Desde cuándo está así? —preguntó la doctora revisándola y Elijah negó.
—No estoy seguro, pero su enfermera se fue como a las cuatro de la tarde, si hubiera tenido fiebre en ese momento se habría dado cuenta —murmuró.
—Entiendo.
Unos minutos más y la doctora le hizo una señal para que la levantara y la llevara a la cama.
—La fiebre no es alta pero si es constante puede ser indicador de alguna infección. No son extrañas después de todo lo que ha pasado, y por más precauciones que se tomen, algunas tardan varios días en hacerse presentes.
—OK… OK… ¿Entonces qué hacemos?
—Voy a ponerle antibióticos de amplio espectro y un antipirético. No vale la pena llevarla al hospital, la comodidad de su casa puede ser más beneficiosa para ella —aseguró la mujer—. Solo asegúrese de que la fiebre no le suba mucho hasta que los antibióticos actúen. ¿De acuerdo?
Elijah no tuvo más remedio que asentir, porque se sintiera preparado o no para asumirla, aquella era su responsabilidad ahora y tenía que cumplirla.
Las horas que pasaron fueron inquietas para la muchacha y agotadoras para él. Ponía compresas frías en su frente y cada quince minutos maldecía al teléfono porque la fiebre no llegaba a bajarle lo suficiente como para tranquilizarlo.
Debían ser quizás la una de la madrugada cuando por fin la vio abrir los ojos, entre el sueño de la fiebre y el sopor de aquel malestar.
—¿Ahora sí me morí? —preguntó en un susurro, viendo a Elijah inclinado sobre ella, pasando un paño frío por su rostro.
—No tienes tanta suerte —respondió él con suavidad—. Esto es temporal. Mañana volveré a amenazarte con la comida.
Lynett suspiró cansada y ni siquiera tuvo fuerzas para encogerse de hombros.

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