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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 43

CAPÍTULO 43. No me estoy volviendo loco

Elijah respiró profundo mientras caminaba hacia la habitación de Lynett, pero se detuvo un segundo antes de empujar la puerta. Sabía que no estaba bien escuchar conversaciones ajenas, pero aquella en particular era imposible de evitar para él.

—Señora Evans, tiene que comer… ¡y tiene que salir! —intentaba convencerla la enfermera.

—Lo sé, pero no tengo hambre. Como lo que puedo —respondió la muchacha—. Y en cuanto a salir… hay frío afuera, no tengo ganas.

—Señora, necesita el sol y el aire fresco, si hay frío entonces…

—Por favor, Lucy, no insistas. Hoy no —fue el último susurro de la muchacha antes de que la enfermera dejara escapar un suspiro de impotencia y saliera de la habitación.

Elijah se llevó rápidamente una mano a los labios para que no hiciera ni un solo sonido que lo delatara, y luego tocó dos veces a la puerta antes de entrar.

—Necesito que hablemos —declaró y su tono era tan neutro que Lynett no pudo evitar aquel instinto de encogerse sobre sí misma—. Por favor sígueme —le pidió, aunque más bien parecía una orden.

Lo último que Lynett quería era hablar nada con él, pero después de todo estaba en su casa y al menos tenía personas que la cuidaran, no estaba en la mejor posición para desobedecer así que pulsó los botones de su silla y lo siguió fuera de la habitación.

Y por suerte o por desgracia no comprendió bien por qué terminaban en la cocina hasta que él no le pidió a todos que salieran para quedarse a solas.

—Ya estás enferma —dijo acercándose a ella y Lynett ahogó un grito de sorpresa cuando el primer movimiento de Elijah fue pasar los brazos a su alrededor y levantarla contra su cuerpo.

—¿¡Qué haces?! —balbuceó asustada, pero un segundo después él la sentaba en la isla de la cocina, y alejaba la silla para que no pudiera bajarse.

—Evito que escapes. Tienes que comer. Punto. No es negociable —sentenció como si fuera un juez.

—Oye, no puedes obligarme…

—¿Quieres apostar? —preguntó Elijah mirándola a los ojos y Lynett pasó saliva tratando de esquivar aquella mirada profunda y llena de amenaza, que poco a poco y a su pesar se fue suavizando—. Escucha, tienes que comer, o de lo contrario no vas a recuperarte rápido y… me molesta tener a toda esta gente metida en mi casa, aunque sea solo por el día —gruñó como si eso fuera una justificación plausible—. Así que vas a comer y a comer bien, o de lo contrario… —se detuvo porque parecía que las amenazas eran una constante entre ellos y sabía que debía cambiar eso—. O de lo contrario voy a poner laxante en tu comida y cerraré con llave la puerta del baño. ¿Entendido?

Lynett hizo una mueca de incomprensión, como si le estuviera hablando un niño de seis años enojado, pero finalmente él alcanzó un delantal de un gancho cercano y se lo puso.

—¡Bien! ¡Sé hacer pasta! ¿Te sirve?

—Si tú te la comes primero… a lo mejor —murmuró ella sin saber qué otra cosa responderle, pero todo su cuerpo se tensó cuando él la agarró de las caderas y la movió hacia una de las esquinas de la isla para tener el resto libre.

Lynett arrugó el ceño viéndolo cocinar. Indudablemente un volcán debía estar estallando en otro lugar del mundo, o quizás un tsunami estaba arrasando con medio país, porque no era normal ver a Elijah Vanderwood con la camisa blanca arremangada hasta los codos, revolviendo salsas o evaluando si todavía estaban duros los espaguetis.

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