LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 52. Un motivo
Su boca era suave y deliciosa, lo más suave y delicioso que Sebastián había probado en su vida, y ya no podía negar que el simple hecho de besarla le ponía los pies por las nubes.
Apartó despacio la tela suave del pijama y su boca hizo un camino desde su garganta hasta sus pechos. Rodeó uno de los pezones con los labios y chupó tratando de aguantarse la sonrisa, porque sabía exactamente lo que iba a provocarle. Disfrutó de aquel gemido bajo, y de la forma en que el cuerpo de Michelle se arqueaba hacia atrás, ofreciéndose inconscientemente, porque ella también adoraba sus besos.
Sebastián cerró los ojos mientras sus manos terminaban de recorrerla, centímetro a centímetro, caricia a caricia, despojándola de la poca ropa que llevaba y sacándole las bragas con el gesto más sensual y delicado del mundo.
—Te voy a hacer esto muy despacito, loquita, te lo voy a hacer tan despacio que solo vas a protestar por más... Pero te vas a portar bien y lo vas a disfrutar así, porque eres una niña enfermita...
—¡Cállate, príncipe! —rio ella—. ¡Estás loco por follarte a la niña enfermita!
—¡Así es, salvajemente! —replicó Sebastián porque no tenía caso mentirle y la recostó suavemente sobre el sofá mientras seguía besándola. Separar sus rodillas y abrir sus piernas le arrancó un gruñido de satisfacción, y el roce sensual de los dedos de Michelle quitándole la camiseta solo hizo que aquel calor entre los dos se avivara aún más.
La boca de Sebastián bajó por su vientre, mordisqueando sobre la piel hasta llegar a su sexo. La sintió temblar y ahogar un jadeo de sorpresa mientras devoraba su clítoris y hundía un par de dedos en su interior.
—¡Dios príncipe...! —jadeó ella porque a pesar de todo el malestar del accidente, era como si de Sebastián fuera mágico. La química que despertaba en ella hacía que todo se aliviara.
—¿Quieres más, loquita? —rio él viendo cómo Michelle apretaba los labios tratando de controlarse.
Por supuesto que quería más, su sexo punzaba con una necesidad desesperante mientras los dedos de Sebastián rascaban en su interior, llevándola tan cerca del orgasmo que era casi un delito.
—¡Por favor, te quiero a ti...! —suplicó Michelle desesperada y cerró los ojos sintiendo cómo el peso suave de Sebastián se deslizaba sobre ella.
No la había mentido cuando le había dicho que se lo haría despacio, tan despacio que el simple hecho de penetrarla se sentía como una tortura. Sus paredes latían violentamente alrededor de su miembro, tragándoselo como si de verdad fuera un maldito animal hambriento, y sus bocas se encontraron en el beso más apasionado y lujurioso de todos.
El cuerpo de Michelle se tensó cuando lo sintió tocar su final y comenzar a empujar en serio. Una embestida, dos, tres... Los puños de Sebastián se apoyaban a cada lado de su cuerpo, y Michelle se derretía solo viendo el movimiento que hacía su abdomen para retirarse, aquella curva era perfecta, porque también tomaba el impulso perfecto para embestirla. Ni siquiera se molestó en evitar que esos gemidos que salían de su garganta se convirtieran en gritos desesperados. Lo quería tanto, lo deseaba tanto, que el sudor corriendo entre los dos cuerpos era como una anunciación perfecta.
—¿Así te gusta, loquita? ¿Eh?
—¡Más, príncipe, un poquito más! —suplicó ella con un puchero de insatisfacción.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana