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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 40

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 40. Un hombre celoso

Sebastián juraba que jamás iba a temblar por nadie en su vida, sin embargo entrar a aquella habitación y ver cómo Michelle intentaba mantenerse tranquila a pesar de que acababan de reacomodarle los huesos del pie, hizo que algo dentro de él se estrujara.

La quería, eso era innegable, y para acabar de rematar sabía que se había equivocado terriblemente con ella.

La abuela Constance le hizo una mueca de compasión cuando lo vio entrar, y palmeó su hombro antes de decirle que se iría a casa.

—Ella va a quedarse aquí el resto de la noche y estoy bastante segura de que a ti tampoco habrá quien te mueva —suspiró la abuela—. El médico dio los resultados preliminares y dijo que va a estar bien, Emperador no le dejó nada peor que unos cuantos raspones, así que con suerte mañana temprano la tendremos en casa.

—Está bien, abuela, vaya a descansar. —Sebastián le hizo un gesto de confirmación con la cabeza porque al menos en eso estaban en la misma página—. Yo me quedo con ella.

—De acuerdo, solo ve entrenando las rodillas, porque con la cagada que hiciste, te va a costar mucho que te perdone —le advirtió y Sebastián pasó saliva porque estaba bastante seguro de que eso era cierto.

Dio un par de pasos atrás para dejarla salir y luego se acercó a la cama, donde Michelle estaba mitad asustada todavía, y mitad pasada de analgésicos.

Arrastró una silla para sentarse a su lado y tomó uno de sus manos, llevándosela a los labios para dejar un beso en sus nudillos.

—Hola nena, ¿cómo te sientes?

—Más o menos a un mes de poder patearte el trasero con el pie derecho, y mínimo a una semana de poder usar el resto del cuerpo para cualquier cosa agresiva que quiera hacerte.

Sebastián le acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja.

—No te preocupes, ya estoy más que listo para llevarme uno de los látigos de entrenamiento de los potros nuevos y flagelarme a mí mismo, pero eso sí, en cuanto lleguemos a la casa, porque al menos para el resto del mundo tiene que seguir pareciendo que el que manda aquí soy yo.

Michelle le puso los ojos en blanco pero a pesar de todo no pudo evitar aquella sonrisa, porque él estaba tratando de hacerla sentir mejor.

—Estoy taaaaaan enojada contigo —suspiró penosamente—. Espero que tengas eso muy claro.

—Lo sé y lo siento, nena, de verdad lo siento. Sé que debí confiar en ti en lo que se refiere al tipo ese que viste...

—¡Sebastián!

—OK, OK, Ranger, se llama Ranger —resopló él pero era evidente que los celos, los malditos celos, esos no se le quitaban.

—Eso no fue lo que más me molestó, idiota —suspiró Michelle mientras intentaba mantener los ojos abiertos, porque los calmantes ya le estaban haciendo efecto—. El adefesio... Ese tipo...

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