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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 40

CAPÍTULO 40. Pesadillas

Infinitos. Largos. Terribles.

Minutos. Horas. Días.

Elijah era como una sombra que iba de un lado a otro de la salita de hospital, y que hubiera olido a perro muerto de no ser porque al menos una vez al día Sebastian lo empujaba hacia un hotelito cercano donde había rentado una habitación y lo obligaba a bañarse y cambiarse.

Lynett había rebasado aquel paro cardiaco, pero eso no significaba que había mejorado de inmediato. La habían llevado a terapia intensiva y aquel equipo médico no se separaba de su lado tal como Elijah no quería irse de aquella salita de espera.

—Oye, tienes que comer —le insistió Sebastian un par de días después—. No entiendo lo que te está pasando, pero tienes que poner de tu parte. ¿De acuerdo? ¡Jamás te había visto así!

Elijah apretó los dientes y esa parte fría de su corazón intentó tomar el control.

—Es culpa. Me siento culpable por no haberle creído. Solo es eso —gruñó.

—Culpa. Tentación. Tienes palabras muy extremas para lo que sientes por Lynett Evans, Evans, hermano —rezongó Sebastian—. Espero que “desesperación” y “dolor” no sean parte de tu vocabulario si le pasa lo peor.

Lo vio apretar los puños, y por mucho que dijera o no dijera, Sebastian estaba bastante seguro de que los sentimientos de su hermano iban más allá de lo que dejaba ver.

Por fin, casi setenta y dos horas después, la doctora Leaderman salió de la Unidad de Cuidados Intensivos, arrastrando los pies y con un gran termo de café en la mano.

—Ya está estable —le anunció y Elijah sintió que podía respirar bien otra vez—. Vamos a trasladarla a su habitación, donde usted podrá entrar con ella.

—Bien… bien… —susurró con alivio—. ¿Y sabemos… sabemos algo más? ¿De lo que tenía?

La doctora hizo una mueca y su cabeza se movió en señal de confirmación.

—Los resultados oficiales de la biopsia saldrán en un par de días pero por lo que me dijeron, extraoficialmente, la masa no era de carácter maligno —les explicó.

—¡Eso es bueno! ¿No? —la increpó Elijah.

—Sí, es muy bueno. Pero era demasiado grande así que tuvimos que extirpar todo el ovario derecho —suspiró—. Va a ser duro decirle a esa niña que con diecinueve años ya perdió la mitad de sus posibilidades de ser madre. En fin… lo veré mañana, señor Vanderwood. Una enfermera vendrá ahora a buscarlo para llevarlo con su esposa.

La doctora Leaderman se alejó con paso agotado y Elijah no lo dudó ni un segundo antes de seguir a la enfermera.

Entrar en aquella habitación le encogió el alma en un instante. Lynett estaba aun más pálida y ojerosa que de costumbre, y parecía como un pequeño fantasma debajo de la sábana, como si hubiera perdido demasiado peso.

Ni siquiera sabía qué debía hacer o no, y la enfermera pareció notar aquella frustración en sus ojos.

—Ahora tiene que sentarse aquí y sostener su mano —le indicó acercándole una silla—. Para todo lo demás estamos nosotros. Usted solo tiene que ser el apoyo.

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