PEQUEÑA REBELDE. CAPÍTULO 4. Un completo desconocido.
Sin embargo, por más rabia que le diera, aquella mucosa del demonio tenía razón: en el Rectorado tenían algo que él no, ¡su maldito teléfono! Porque de tanto que Ranger había intentado aislarse de ella, era obvio que el resultado había sido contraproducente, porque ni siquiera tenía lo más elemental que era un puñetero teléfono que pudiera rastrear.
Así que dio gracias a que ya hubiera amanecido y corrió apresurado hacia el edificio administrativo.
Poca gente había allí, pero una de las antiguas secretarias se quedó medio muda cuando vio a semejante hombre atravesar las puertas del Rectorado.
Ranger le mostró su identificación oficial de inmediato y pocos minutos después irrumpía en la oficina del director del internado.
—¡Señor director, esto es urgente! —exclamó la mujer abriéndole el camino y mostrándole a su vez la identificación que lo acreditaba como miembro de las Fuerzas Especiales de aquel país.
—¡Mi hija está aquí, Gabriella Wallis! ¡Necesito localizarla de inmediato, esto es una emergencia!
El hombre lo miró aturdido, pero la identificación no daba el lugar a dudas, así que solo le hizo una señal a su secretaria, que de inmediato se apresuró a buscar el expediente de la muchacha, donde en efecto logró cotejar la identidad del hombre frente a él.
—Señor Wallis, creo que nunca nos habíamos presentado antes...
—¡Ni nos vamos a presentar ahora, porque esto no es una visita formal! ¡La vida de Gabriella puede correr peligro, así que necesito encontrarla ya! ¡Dígame que al menos tienen su celular para poder rastrearla! —replicó Ranger con firmeza, pero apenas el director tuvo aquel expediente en las manos, de inmediato marcó el número que aparecía en él, y el ex militar contuvo el aliento, rezando incluso inconscientemente para que la muchacha estuviera lo bastante bien como para contestar la llamada.
Ni siquiera supo la forma tan aliviada en la que había soltado el aire cuando el director le hizo un gesto de que todo estaba bien, levantando un pulgar.
—¡Señorita Wallis, sí…! Sí, le hablo del Rectorado, soy el director Hicks. Necesitamos que se pase urgentemente por las oficinas administrativas... Sí... La estoy esperando en mi despacho ahora mismo, su padre está aquí... Claro, claro… por supuesto que estoy seguro de que es su padre... Está bien, la espero… ¿Cuánto dice? ¡Diez minutos! Entendido, venga directamente a mi oficina, por favor.
El director Hicks colgó la llamada y antes de que el hombre frente a él lo pidiera, anotó que el número de teléfono en un papel.
—Yo sé que los niños que crecen en estos internados no son muy apegados a sus padres —murmuró con un suspiro de preocupación—. Pero siempre les aconsejo al menos tener sus números a mano.

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