PEQUEÑA REBELDE. CAPÍTULO 3. Un oficial y sus… armas
Quizás ese era el momento perfecto para alargar la mano y alcanzar una toalla... si hubiera tenido alguna toalla a mano. Pero aquella era una habitación de chicas, y quedaba demostrado a cada segundo que ella no era precisamente pudorosa.
La verdad era que había salido del baño a buscar su ropa, y por supuesto que no estaba contando con que ningún chico, menos un hombre hecho y derecho, y menos que menos con un arma en la mano, cometiera la estúpida desfachatez de irrumpir sin siquiera llamar a la puerta.
Así que ahí estaba, acabada de bañar, con el largo cabello castaño chorreando agua por todos lados, humedeciendo aquel conjunto de lencería por donde lo tocara, y en medio de una sala donde no tenía absolutamente nada con qué cubrirse.
Así que si se miraba desde su perspectiva... ¡no era su culpa!
—Lo siento, pero los días en que Gabriella sale con hombres maduros son los viernes, y hoy es miércoles, oficial —murmuró respirando lentamente al verlo guardar el arma.
Ranger estaba más que dispuesto a responderle a aquello de llamarlo «oficia» «oficial», pero frunció el ceño porque había que establecer prioridades.
—¿¡Disculpa!? ¿¡Cómo que hombres maduros!? —gruñó porque en ningún momento le habían informado que Gabriella estuviera de... ¡ligera por ahí! ¡Mucho menos con hombres maduros!
Sin embargo la muchacha frente a él levantó una ceja divertida y se encogió de hombros.
—¡Ay ternurita, ¿pensaste que eras el único?! —respondió con un guiño y Ranger se acercó a ella perdiendo la paciencia.
—¡Escucha, no estoy aquí para hablar estupideces! ¡¿Dónde está Gabriella!? —espetó entre dientes, pero un solo segundo después se dio cuenta de que no conseguía provocar ni miedo, ni siquiera la más pequeña tensión en aquella muchacha.
—Lo siento, oficial, pero no doy información sobre mis amigas a gente que no conozco —replicó con firmeza y él se dio la vuelta únicamente para ir a cerrar la puerta de aquel cuarto y pasarle el seguro con un gesto amenazante.
—¡¿«Oficial» en serio?! ¡¿Qué demonios te hace creer que soy un oficial?! ¡Bien pudiera ser un asesino en serie! ¿no te parece?! —escupió porque definitivamente aquella criatura lo que tenía de hermosa lo tenía de kamikaze.
Ranger se decía que la única razón para que su corazón latiera a la velocidad de un caballo de carreras que estaba buscando a su hija adoptiva, y nada más.
Sin embargo, aunque tenía los ojos bien puestos en los de aquella chica, no podía evitar que su vista periférica captara absolutamente cada curva, cada gota de agua, hasta la extraña cadena finísima que le colgaba del cuello y cuyo dije le llegaba hasta el ombligo. Solo era la impresión de lo extraño, de lo fuera de lo común… nada más. Ese era el consuelo momentáneo, sin embargo, no pudo evitar darse cuenta de que reaccionaba como si saliera de un sueño en el mismo momento en que ella despegaba los labios para responderle.

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