LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 39. ¿Es una posibilidad?
Jamás en su vida, o al menos en la poca que recordaba, Sebastian había imaginado que sentiría una desesperación semejante.
Las partidas de hombres a caballo habían salido no solo hacia aquel bosquecillo de pinos, si no a peinar absolutamente toda la hacienda, porque por más que buscaron en los alrededores de donde había encontrado a Emperador, no habían podido hallar a Michelle por ninguna parte.
En cierto punto su frustración fue tanta que comenzó a gritar, y de allí en adelante la llamaron a voces como si fuera una niña perdida.
—¡Maldición! ¿Dónde está, dónde está? —murmuró con el corazón encogido porque en aquel momento comenzó a imaginarse toda clase de trágicas hipótesis, comenzando por el hecho de que alguien hubiera podido llevársela.
Un escalofrío le recorría la piel al recordar que -por más celoso que hubiera estado-, había sido imposible no notar que la obsesión de Hughes por Michelle rayaba en lo malsano.
Para cuando el sol cayó estaba en medio de la más absoluta angustia. Sabía que Michelle estaba furiosa, pero también sabía que no era una mujer ni caprichosa ni inmadura como para simplemente desaparecerse y asustar a todo el mundo por un berrinche. Así que era evidente que algo tenía que haberle pasado.
Y Sebastián no necesitaba más que eso para darse cuenta de que todos esos sentimientos que quizás había olvidado por su esposa, estaban allí más arraigados y fuertes que nunca. Daba igual si la conocía desde hacía quince años o tres semanas, las cosas que sentía por aquella mujer debían ser la razón por la que se había casado con ella, porque no podía imaginar sentir algo así por nadie más.
Estaba a punto de mandar a varios peones de regreso a la casa para cargar con linternas y lámparas de emergencia, cuando uno de los peones que había mandado hasta el otro lado del río llegó hacia ellos a todo galope.
—¡La encontramos, patrón! —le dijo apurado y aquello hizo que el corazón de Sebastián se hundiera en su pecho, porque no había ninguna razón lógica para que Michelle estuviera del otro lado del río.
—¿¡Dónde está, por Dios! ¡Dime que no se cayó el agua! ¡Dime que está bien! ¿Está viva? —lo increpó desesperado, sacudiéndolo por la solapa de la camisa y lo vio asentir apresurado.
—Viva sí, patrón, pero muy bien no, parece que Emperador la tiró y no puede caminar bien, estuvo tratando de moverse hacia la casa pero parece que eso solo la puso peor.
Sebastian no dio margen para más palabras. Un segundo después azuzaba al caballo y se acercaba a todo galope al pequeño estrecho por donde se podía cruzar el río. Aquellos minutos se le hicieron infinitos y amargos, hasta que llegó y desmontó de un solo salto mientras veía a Michelle sentada en aquella manta.
—Lo siento, lo siento, no fue mi intención... —la escuchó susurrar mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Uno de sus tobillos estaba en una posición antinatural y era evidente que debía dolerle mucho.
A aquella hora todo era adrenalina y miedo para ella.
—¿Qué pasó, nena, qué pasó? ¡Mírame! —le pidió Sebastián quitándole aquellos mechones pegajosos de la cara y viendo cómo intentaba sorberse las lágrimas inútilmente.
—Solo quería un poco de espacio, pero salió... salió un maldito conejo de una madriguera justo cuando estábamos corriendo y Emperador... ¡Dios, Emperador se asustó, solo fue eso, no fue su culpa, él solo se asustó…!
Sebastián la observó de arriba a abajo aun a la poca luz del atardecer, dándose cuenta de que tenía varios raspones, y eso era lo que más le preocupaba.

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