LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 38. Un caballo sin jinete
Sebastian apretó los labios con un gesto de frustración mientras escuchaba aquello. Sabía que Emperador estaba muy bien entrenado, pero seguía siendo un purasangre rebelde al que no le gustaría que una mujer furiosa lo gobernara, y sobraba decir que Michelle estaba furiosa.
Lo peor de todo, quizás, era que no podía quejarse de eso, porque si su esposa estaba que echaba fuego por los ojos, estaba claro que él era una de las causas, si no la principal.
Subió a la camioneta de inmediato y se dirigió a la salida trasera, hacia el camino que iba a la cabaña, pero antes de hacer aquel giro no le pasaron desapercibidas aquellas dos figuras que discutían a la vuelta de uno de los muros.
—¡Me diste tu palabra, Franklin! —gruñía Walter Hughes—. ¡Tú y yo hicimos un acuerdo y yo cumplí mi parte!
—¡Lo sé, lo sé, pero Michelle se casó con otro! ¿¡Qué quieres que haga!? ¿¡Dejarla viuda?! —espetó el señor Dalton y Sebastian frunció el ceño porque algo dentro de él se encogió con un mal presentimiento, como esas sensaciones que te erizan la nuca sin saber ni por qué.
—¡Lo que tú hagas o dejes de hacer me tiene sin cuidado! ¡Pero a menos que se celebre la boda que estaba prevista hace un mes, entonces el negocio entre tú y yo se cancela! ¿¡Entendiste!? —replicó Hughes y antes de que Franklin Dalton pudiera replicarle, de repente su visión periférica tropezó con el semblante sombrío de su yerno.
—Vamos… mejor vámonos de aquí —sentenció empujando a Walter Hughes hacia su propio auto y los dos salieron de la hacienda de inmediato porque era evidente que ninguno de los dos era bienvenido allí.
Sebastian siguió adelante, metiéndose por el pequeño camino de terracería que llevaba hasta la cabaña donde vivían, y su corazón se disparó todavía más cuando se dio cuenta de que Emperador no estaba en la pequeña caballeriza.
—¡Demonios, Michelle, ¿a dónde fuiste?! —gruñó entre dientes, pero no podía cometer la locura de forzar la camioneta a campo traviesa, así que con toda la determinación ensilló a Emperatriz y acarició su hocico—. A ver, Loca 2.0. Sé que eres tan peligrosa como tu dueña, pero necesito que al menos hoy te portes bien porque tenemos que encontrarla. ¿De acuerdo?
Emperatriz no soltó ni un solo relincho de protesta cuando Sebastian se subió en ella de un salto, y al primer intento de rebelión la mano firme del jinete sobre las bridas hizo que acortara el paso y se ajustara a él aun bajo protesta. Sebastian podía sentir lo molesta que estaba, no le gustaba el bocado ni la silla, ni nada que pudiera restringirla.
“Exactamente como la loca de tu dueña” pensó Sebastian pero solo unos minutos después lograban entenderse y él ponía el control y la ruta. Rodeó la cabaña mientras miraba alrededor y pensaba: ¿A dónde podía haber ido Michelle a desahogarse?

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