LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 37. Una mujer derecha
Sebastián no lo sabía, pero Michelle Dalton herida, era peor que un jabalí acorralado. Y en aquel momento lo estaba, esta herida por demasiadas cosas, comenzando por la desconfianza de Sebastián, por más contradictorio de aquello pudiera parecer.
Era muy consciente de cuánto le había mentido desde que lo había recogido en aquella carretera, pero eso era muy diferente a que él creyera que ella era capaz de ponerle los cuernos con otro hombre. Porque para bien o para mal, equivocada o no, Michelle se había lanzado de cabeza y corazón a aquel matrimonio falso desde el minuto uno.
—Dime una cosa —siseó levantando la barbilla para mirar a Sebastián a los ojos—. ¿Por alguna extraña y terrible casualidad de la vida estás insinuando pude encontrarme con ese hombre por alguna razón inadecuada?
Sebastián apretó los labios porque jamás la había visto tan furiosa, pero no podía evitar aquel cosquilleo lleno de celos, producto de una inseguridad especial aunque en aquel mismo momento ni siquiera la comprendiera.
—Estabas tomando café con él, estabas fuera de esta hacienda, en una cita con otro tipo...
—¿Y qué? —replicó ella—. ¿Y qué si me senté a tomar café con otro hombre? ¿Te parece que sea la clase de persona que se foll@ a medio mundo después de estar casada?
—¡No, claro que no pienso eso! —intentó defenderse a Sebastián—. ¡No estoy diciendo que tú seas así, pero él...! ¡A ver se nota que es un tipo estudiado, que tiene una buena posición, que se parece más a ti que...!
—¡Cállate Sebastián, cállate maldit@ sea, porque te juro que te vas a arrepentir de cada palabra! —exclamó ella con tanta impotencia que las manos le temblaban cerradas en puños—. ¡Porque eso es todavía peor, pensar que me gustaría otro hombre solo porque tuviera estudios y dinero...! ¿Eso es lo que estás insinuando?
—¡No, por supuesto que no...! ¡Maldición, Michelle no me confundas! ¡A ver, ni siquiera conozco bien a ese tipo...!
—¡En eso tienes razón, a ese tipo ni siquiera lo conoces, pero debería bastar con que me conocieras a mí, porque yo puedo ser muchas cosas, príncipe, pero ni put@ ni traidora! ¿Me oyes? ¡Y mucho menos interesada! —Sus ojos se cristalizaron de la impotencia, porque era evidente que en pocas semanas había que llegado a querer tanto a aquel condenado olvidadizo, que le rompía los ovarios que fuera a desconfiar de ella de esa forma.
Le dio la espalda y caminó hacia la camioneta mientras Sebastián se mesaba los cabellos con impotencia y trataba de seguirla.
—¡Párate, Michelle, espera...! ¡Demonios, estoy intentando hablar contigo...!
Pero antes de que pudiera alcanzarla, la vio abrir la puerta del copiloto y sacar aquel sobre —que ella ni siquiera había revisado completamente— para estamparlo contra su pecho.
—Esto es para ti, te lo manda el señor Rufus Vanderwood —sentenció con un tono tan vacío que a Sebastián se le heló la sangre en las venas.
—¿El... el Señor Vanderwood? —balbuceó.

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