CAPÍTULO 37. Menos cruel
Elijah necesitaba respuestas, pero la doctora Leaderman parecía más interesada en dárselas a otra persona, así que se acercó a la cama de Lynett y le ajustó los medicamentos, esperando un par de minutos a que hicieran efecto para que fuera despertando lentamente.
Él la vio abrir los ojos, aturdida, y su primer instinto fue largarse de allí, porque sabía que no tenía derecho a estar presente. Sin embargo en la mirada de Lynett solo había cansancio y algo parecido a la resignación.
—Señora Evans, está en la Clínica Cedars para el Cuidado de la Mujer —le explicó la doctora—. La trajimos aquí porque este es un lugar especializado en casos como el suyo. ¿Me sigue?
La muchacha pestañeó despacio y luego despegó los labios.
—S… sí. ¿Qué…? ¿Ya sabe qué tengo? —preguntó con un hilo de voz que hizo que el estómago de Elijah se encogiera.
—Tratamos de hacerte una biopsia guiada por TAC para determinar si tienes un tumor o solo un quiste —dijo Leaderman—. Pero nos detuvimos antes porque la tomografía arrojó nueva información.
Lynett sentía que la escuchaba tan lejana, como si estuviera en una realidad diferente y no hablaran de ella, pero aun así se atrevió a preguntar.
—¿Qué información?
—Bueno… con independencia de si es algo maligno o benigno, la masa en tu ovario es demasiado grande para dejarla ahí, así que tenemos que operar de todas formas para extirparlo —le explicó la doctora—. Luego mandaremos las muestras a patología y esperaremos lo mejor.
Elijah se quedó simplemente mudo. La idea de que una muchacha tan joven pudiera tener cáncer era terrible, pero sabía de sobra que era posible.
—¿Cuándo? —preguntó Lynett mientras sus ojos se cristalizaban.
—Mañana a primera hora. Podemos operarte mañana a primera hora si autoriza la operación y el señor Vanderwood…
—¡No! —la voz de Lynett fue firme esta vez, pero ni siquiera lo miró—. Él ya no puede autorizar nada sobre mí.
—Pero señora Evans, mientras usted esté inconsciente alguien tiene que asumir la responsabilidad de…
—Entonces asúmala usted, que para eso es mi doctora —replicó ella—. Le firmaré lo que haga falta, pero si alguien debe tener decisión sobre mi vida o mi muerte, preferiría que no fuera Elijah Vanderwood.
Él apretó los labios con una mueca de impotencia, pero sabía que se merecía eso y mucho más, así que solo le hizo un gesto de asentimiento a la doctora.
La mujer terminó por ceder, porque desde el primer instante se había dado cuenta de que había una relación muy complicada detrás de todo aquello, así que prefirió dar su brazo a torcer y Lynett le firmó los documentos necesarios.
—Vendrán por usted mañana a primera hora —anunció la doctora y salió de allí, dejándolos solos en medio de un silencio estremecedor.

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