LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 36. Un nuevo heredero
No quería sentirse así. Sebastián juraba que no quería sentirse así. Y aquello no tenía nada que ver con la autoestima o con el hecho de que el condenado tipo pareciera una versión sexi del Yeti; sino con que lo reconocía, con que sabía que había estado en la hacienda y que había hablado con ella, y que no había ningún maldito motivo para que volvieran a reunirse de nuevo, mucho menos a solas.
—¡Me dijiste que ibas a ir al hospital! ¿Qué estabas haciendo con este hombre? —le reclamó en voz tan baja y feroz que Michelle solo pudo girar en la cabeza despacio, casi en cámara lenta, con incredulidad, mirándolo azorada como si no pudiera creer que le estuviera haciendo aquella pregunta.
—¿Disculpa? —siseó entre dientes viéndolo a los ojos—. Sí fui al hospital, y lo que hacía o no hacía con él te lo explico en privado, porque eso es un asunto personal.
Michelle sentía que la impotencia le vibraba dentro, porque su abuela la miraba con incomprensión, su padre con rabia, el cabrón de Hughes con satisfacción, y Sebastián con los celos saliéndosele por los poros. ¡Y nadie parecía darse cuenta de lo más importante!
—¡Michelle, te hice una pregunta! —reclamó Sebastián.
—¡Contigo me voy a entender luego! —replicó ella sin cortarse ni un poco, pero le dio la espalda para encarar a Walter Hughes—. ¿A ti quién carajo te dio el derecho de seguirme, de tomarme fotos, o de venir aquí a reclamar absolutamente nada frente a mi familia?
El hombre levantó la cara para mirarla desde una altura que moralmente no tenía.
—¡Yo soy tu prometido —intentó defenderse—, soy el hombre al que...!
—¡Al que le vomitaría encima si solo llegara a tocarme por casualidad! —replicó Michelle con una fiereza que Sebastián no le había visto ni en sus peores momentos—. ¡Eres un viejo asqueroso en medio de una crisis de mediana edad, que tuvo que hacer un trato con otro viejo ambicioso solo para poder f0llarse y exhibir como trofeo a una mujer que no te tolera, pero que tiene la mitad de tu edad!
—¡Michelle, más cuidado con lo que dices! —espetó su padre y ella se giró hacia él sin contenerse.
—¡Me tienes harta! ¡Me has tenido harta siempre! —exclamó levantando la barbilla con un gesto desafiante—. ¡Me dejaste tirada en un internado apenas mi madre murió, ¿y de verdad crees que puedo sentir alguna obligación contigo? ¿Te crees que esta es una novelita romántica de esas donde la hija está dispuesta a sacrificarse por su amado padre? —Aquella risa sarcástica se le salió sin que pudiera evitarlo—. ¡Hazme el favor! ¡Limpiaría los retretes de esta casa con una sonrisa en los labios todos los días por el resto de mi vida, a cambio de techo y comida, antes de casarme para salvarte el maldito trasero, mucho menos para que seas más rico de lo que ya eres! ¡Así que vamos a aclarar esto: casada o no casada, libre, soltera, divorciada, viuda, igual no me voy a casar con Walter Hughes, así que puedes irte largando por donde viniste!
Franklin Dalton dio un paso inconsciente hacia ella, pero esta vez fue la abuela Constance quien se metió en medio.
—Que ni se te ocurra ponerle una mano encima a la niña —le advirtió—. Ya está casada, no hay nada que hacer. Es obvio que esto ya se te fue de las manos.
Su hijo la miró como si se hubiera puesto senil y negó desesperado.
—¡¿Pero tú cómo puedes estar de acuerdo con esto?! ¡¿Cómo dejaste que se casara con un... con un peón! ¿Y encima dejarle toda tu herencia…?
Constance frunció el ceño porque no podía creer que el carácter de su hijo se hubiera echado a perder tanto. ¿En qué momento se había equivocado al criarlo? No lo sabía, pero sí estaba segura de que ella no era la clase de persona para la que el dinero representara todo.

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