LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 35. Una conversación familiar.
El movimiento fue violento y demasiado corto, detenido a la vez por palabra y acción, porque en el mismo momento en que Franklin Dalton levantó la mano para golpear a su hija, Sebastián lo sujetó con fuerza por la muñeca y el grito de la abuela Constance se escuchó desde el portal de la casona.
—¡Franklin! ¡¿Qué demonios estás haciendo?! —gritó furiosa porque había llegado justo a tiempo para ver aquella escena, y su hijo la miró con ojos desorbitados, como si no pudiera creer la estupidez que su madre estaba haciendo.
Arrancó furiosamente su mano del agarre de Sebastián, que ya había dejado de ser sarcástico para convertirse en un pedazo de piedra, como si solo fuera un muro que protegía a Michelle.
—¿Y tú como permitiste esto, mamá? ¿Cómo se te ocurrió dejar que Michelle viniera a refugiarse aquí después de incumplir con sus obligaciones?! —espetó y la señora Constance lo miró de arriba a abajo como si estuviera lista para lanzarle una de sus botas a la cabeza.
—Para empezar en esta casa no se escandaliza frente a la multitud. Jamás aprendiste eso de tu padre o de mí. Así que haz el maldito favor de entrar a la casa, porque los trabajadores de esta hacienda no tienen que enterarse de los problemas familiares —sentenció con una firmeza que estremeció a todo el mundo, incluido Sebastián, que comprendió muy bien por qué Michelle decía que su abuela era de esas mujeres recias que no admitían faltas de respeto.
El señor Dalton bufó y maldijo entre dientes, pero no le quedó más remedio que volver sobre sus pasos y hacerle un gesto incómodo al hombre que iba con él para que lo siguiera a la casa.
Pasó junto a su madre como si fuera un huracán y se dirigió al despacho porque sabía que allí era donde se tenían las conversaciones difíciles.
La señora Constance miró a su nieta y a Sebastián y también les hizo un gesto para que la siguieran, porque aquel asunto había que zanjarlo lo más pronto posible y de una buena vez.
—Ahora sí quiero que me expliques por qué llegas a mi casa gritando —preguntó la abuela levantando la barbilla y mirando a su hijo como si todavía fuera un adolescente rebelde y caprichoso.
—¡Pues vine a buscar a mi hija, ¿o qué parece?! —espetó Franklin—. ¡Tiene responsabilidades que cumplir, y tú no puedes hacerle de alcahueta escondiéndola en tu casa porque...!
—Para empezar no es mi casa —lo interrumpió la abuela—. Es la suya porque Michelle es mi nieta y mi única heredera.
El rostro de Franklin Dalton sufrió la misma sorpresa que absolutamente todos en el resto de aquella habitación, porque todos sabían que su padre no le había dejado la millonaria hacienda en herencia y era evidente estaba esperando heredarla a la muerte de su madre.
—¡¿Qué dijiste?! —balbuceó entre dientes con expresión incrédula—. ¿Cómo que Michelle es tu única heredera…? ¡Yo soy tu hijo...!
—Y mi hijo tienen un manejo tan deficiente de sus propios negocios que al parecer necesita vender a mi nieta para poder consolidarlos.

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