CAPÍTULO 35. Una verdad paralizante
Un león hambriento habría sido de naturaleza más amable que Elijah Vanderwood, pero nadie se atrevió a discutirle cuando entró de nuevo en aquella habitación y anunció lo que había decidido.
—Vendrá una ginecóloga de confianza a revisar tu embarazo. ¿Estás de acuerdo? —gruñó y Lynett sintió que sus ojos se llenaban de nuevas lágrimas.
—Solo quiero que alguien me revise, quien sea… —susurró, porque estaba más que segura de que algo muy malo estaba pasando allí.
—Mientras tanto, yo iré pidiendo un nuevo análisis de sangre, para descartar que este haya sido una equivocación del laboratorio —anunció el médico y salió de allí, dejándolos solos y en medio de un silencio aterrador.
Elijah la miraba con tanto odio, como si apenas pudiera contenerlo, y Lynett miraba a la pared con desesperación, porque todavía era incapaz de entender las razones de aquel resentimiento.
Una larga, infinita hora después, una mujer mayor y de expresión suave entraba seguida por el médico de Urgencias.
—Señor Vanderwood —saludó la doctora—. Espero que su familia esté bien.
—La parte que me importa, sí —respondió él y luego sus ojos se dirigieron instintivamente a Lynett.
—¿Su hermano me dijo que necesitaban una segunda opinión? —preguntó la doctora y el médico de Urgencias le entregó la planilla con el caso.
—Los estudios de sangre que se le hicieron a la paciente hace una semana, indican que tiene un embarazo de dos meses, a lo que ella alega que es imposible porque… bueno porque perdió su virginidad solo un día antes de los exámenes.
La doctora arrugó el entrecejo revisando los valores y luego miró a la cara llorosa de la muchacha.
—¿Realizaron un segundo examen de confirmación para asegurarse de que no fuera un error? —preguntó y el médico le entregó un nuevo sobre.
Lynett contuvo la respiración y su corazón se estrujó cuando escuchó a la doctora.
—Los valores de la hormona HCG son los mismos, según esto, está embarazada —declaró, pero antes de que nadie pudiera abrir la boca para acusaciones o defensas, la mujer levantó una mano y los detuvo a todos—. Vamos a comenzar por una revisión básica de rutina, vamos a hacer las cosas bien. ¿Me pueden dejar a solas con la paciente?
El médico de urgencias salió más que apresurado, pero Elijah no se movió ni un milímetro.
—Yo no voy a ningún lado —gruñó y por aquellas expresiones la doctora Leaderman sabía que no encontraría un punto medio.
Un segundo después pedía una camilla ginecológica y Lynett trató de aguantarse los sollozos durante cada segundo mientras se subía a ella.
—¿De verdad tengo que aguantar la humillación de que estés presente? —preguntó en dirección a Elijah, pero él solo le devolvió una mirada fría.
—Lo hacemos a mi manera o no lo hacemos —escupió y la muchacha solo se cubrió el rostro con las manos, haciéndole una señal a la doctora y tratando de ocultar sus lágrimas.
Los cinco minutos más tensos y dolorosos de su vida pasaron a continuación, mientras la doctora echaba aquella sábana sobre sus piernas y la revisaba, pero el rostro que cambió no fue el suyo cuando la mujer se levantó y se acercó a la puerta.

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