LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 34. Una sorpresa inesperada
Decir que el padre de Michelle estaba desquiciado, era poco.
Sebastián no supo por qué, pero el simple tono con que le había gritado aquel nombre a su esposa hacía que se le crisparan hasta los pensamientos.
—¿Y ese cabrón quién carajos es para hablarte así? —espetó entre dientes mientras lo miraba acercarse, y Michelle contuvo el aliento para responderle.
—Pues resulta ser tu querido suegro, o sea mi padre —susurró.
Sebastián arrugó el ceño y la miró con una expresión de sorpresa que ni siquiera trataba de disimular.
—Este... Emmm… ¿Lo siento? —preguntó porque no estaba muy seguro de tener que pedirle una disculpa por haber ofendido a su padre.
—No, no lo sientas —replicó ella enlazando los dedos con los suyos y apretándolos—. “Cabrón” es el apelativo más bonito que alguien pudiera decirle. —Y aunque eso lo soltó apenas en un susurro, Sebastián fue perfectamente capaz de escucharla.
A la hacienda había llegado dos hombres y ninguno de los dos era precisamente agradable para Michelle.
Delante venía a su padre, con la cara roja por la rabia del desaire que acababan de hacerle los peones de la hacienda, y más atrás, junto a la camioneta, sin estar muy seguro de acercarse o no, estaba el adefesio del señor Hughes, que aparentemente había hecho el viaje hasta allí para reclamar a la novia que se le había perdido.
—¿¡Quieres explicarme por qué demonios viniste a parar aquí!? —espetó su padre y Sebastián sintió cómo absolutamente todo en la mujer a su lado se tensaba.
—Porque esta es mi casa, la única que tengo, ¿dónde más podría ir a quedarme?
—¡Pues donde debías estar desde hace semanas, Michelle, en Albuquerque, en la casa de tu marido! —bramó él señalando al hombre que estaba junto a la camioneta, y Sebastián sintió que casi se ahogaba con su propia lengua mientras se giraba para mirarla desconcertado.
—¿Y que saliera corriendo de la maldit@ iglesia no te dijo nada? —espetó Michelle sin cortarse—. ¡Me cansé de decirte que no me iba a casar para que hicieras un put0 negocio! ¡Me cansé de decirte que no me iba a casar con un tipo que me dobla la edad solo para que tú seas más rico de lo que ya eres!
Franklin Dalton se puso tan rojo en ese mismo instante que parecía que estaba a punto de darle un infarto, y Sebastián no dudaba para nada que en efecto Michelle hubiera salido corriendo de una iglesia, posiblemente en tenis deportivos, porque ella era así de loca.

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