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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 33

CAPÍTULO 33. Una parte cruel

Lo que ni Sebastian ni nadie era capaz de imaginar, ni en sus más retorcidos pensamientos, era dónde diablos estaba la oficina que Elijah quería limpiar o por qué quería hacerlo.

Una parte de él, la que alguna vez había sido buena y amable, jamás habría actuado de aquella manera; pero desde hacía dos años, desde que había sabido toda la verdad, una nueva parte había ido tomando el control de su carácter, hasta convertirlo en el hombre con tan escasa compasión como el que era en aquel momento.

¿Qué a veces lo olvidaba? Eso era muy cierto. Después de todo se había pegado los dedos tratando de arreglar aquella caja de música para Lynett, o se había lanzado de cabeza al pozo de cimentación de un rascacielos para salvarla… Pero luego, mientras aguardaba angustiado en la sala de espera de un hospital, un médico salía para confirmarle que en efecto la mujer por la que acababa de arriesgar su vida solo era como cualquiera de las demás arpías manipuladoras que había conocido, tejiendo aquella red de mentiras a su alrededor para destrozarlo.

Así que si había que superar aquel mal trago de la peor manera posible, Elijah era el hombre indicado para hacerlo por todo lo alto, pero no dejaría ni un solo rastro de Lynett gimiendo o gritando en aquel lugar.

En su sitio, otros muy diferentes comenzaron a escucharse, al punto de que Lynett, que medio dormía y medio sufría en el sofá, levantó la cabeza sin comprender del todo lo que estaba escuchando o de dónde venía.

Los analgésicos la tenían aturdida, pero ni eso era suficiente como para no escuchar aquellos sonidos que venían del despacho de Elijah y que cada vez eran más claros.

No supo de dónde sacó la fuerza para pasarse a su silla de ruedas, pero la empujó todo el camino hasta el despacho y apretó los labios dándose cuenta de que aquella puerta no estaba cerrada.

Para el momento en que la empujó, ya era dolorosamente consciente de lo que iba a encontrarse, pero ni así pudo evitar la sorpresa de ver aquellas dos mujeres semidesnudas inclinadas sobre el escritorio… sobre el mismo escritorio donde Elijah había estado con ella hacía solo unos días.

—¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó sin poder contenerse—. ¡¿En la maldit@ casa, Elijah!? ¡¿En mis narices!?

Elijah apretó los dientes con una sonrisa torcida y se detuvo por un momento, solo por un momento, solo mientras una de aquellas mujeres se levantaba, enroscando los brazos a su alrededor como una serpiente y lo besaba con una mezcla de lujuria y ebriedad.

—Tus putas narices me tienen sin cuidado —escupió Elijah sujetando el cabello de la mujer para alejarla de su boca y poder hablar—. Pero esta es mi casa y en mi casa hago lo que me da la gana. ¡Lárgate!

Los ojos de Lynett se llenaron de lágrimas y él no pudo decir que no lo disfrutaba. Esa parte cruel suya se estaba regodeando de follarse a otras dos chicas frente a la mujer que había tratado de engañarlo.

—¡Eres un maldito enfermo! —gruñó Lynett viendo la cara de placer de la chica que estaba todavía sobre el escritorio, sin saber que le estaba dando la espalda precisamente porque Elijah todavía era incapaz de imaginar otro rostro en ese lugar.

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