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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 32

CAPÍTULO 32. Un hombre despechado

Cuatro.

Lynett no estaba segura de que aquello no fuera peligroso, pero el dolor era tan fuerte que no dudó en meterse aquellas cuatro pastillas en la boca y tragarlas con un poco de agua.

Había comida en la nevera, pero su mente estaba tan embotada por la agonía que estaba pasando que apenas tenía conciencia de si el tiempo pasaba o si estaba comiendo o no.

—¡Elijah!... ¡ELIJAH MALDIT@ SEA… ELIJAH! —gritó desesperada golpeando contra la puerta del despacho, a la tercera o la cuarta noche, ya no lo sabía.

Apoyó la frente contra la puerta y sollozó sin poder evitarlo, se sentía tan mal que sentía que solo saldría de allí en un ataúd.

—¡Te juro que no estoy embarazada! ¡Te lo juro por la memoria de mi padre! ¡Elijah! —gritó golpeando la puerta—. ¡Tienes que llevarme al hospital…! ¡Tienes que sacarme de aquí! ¡Por favor…! —las lágrimas corrían por sus mejillas desconsoladas—. ¡Te lo suplico, sácame de aquí… me duele mucho! ¡Elijah no estoy embarazada! ¡Te lo juro por mi padre…!

—hay que tener muy poca vergüenza para jurar en vano —escuchó una voz a su espalda y le dio la vuelta a la silla penosamente.

—¡Por favor llévame al hospital! —le rogó juntando las manos—. ¡De verdad me duele demasiado!

—Entonces tómate una pastilla y deja de fastidiar —rezongó él entrando y cerrando la puerta en su cara.

Hacía días que no se metía a aquel despacho, pero ni siquiera pudo darle la vuelta al escritorio, porque en el mismo segundo en que lo vio, cada recuerdo de la noche donde le había hecho el amor a Lynett encima de aquel mueble lo descontroló. Lanzó lejos el maletín ejecutivo y golpeó la superficie de madera pulida, como si quisiera borrar todo el recuerdo de lo que había pasado allí, aunque por desgracia sabía que eso sería imposible… a menos que creara allí un recuerdo muy diferente.

Procuró evitar a Lynett hasta el día siguiente, como hacía exactamente cada noche, pero no verla no eliminaba aquella rabia que sentía contra ella. Y ciertamente ver aparecer en su oficina a Kenneth McGregor dos días después no fue precisamente un alivio.

—¿Tú qué diablos haces aquí? —siseó por lo bajo, dándose cuenta de que el tipo se había saltado el protocolo de pedir una cita con él y encima hasta había empujado la puerta sin llamar.

—Quiero saber cómo está Lynett —replicó Kenneth en tono frío—. Hace una semana ya del accidente y no he tenido noticias suyas.

—¡Ni tienes razones para tenerlas! —espetó Elijah—. Mi mujer está en casa, recuperándose de un accidente que causó tu empresa, y probablemente pensando en cuántos millones va a pedirte como indemnización. ¡Así que no te apures tanto por contactarla!

McGregor achicó los ojos, porque una cosa era un marido celoso, y otra cosa muy distinta era aquella vibra extraña que percibía en aquel hombre desde que había hablado con él por primera vez.

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