LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 31. Necesidad
No era cierto que estuviera loca. Era Espontánea, casi siempre tenía la cabeza por las nubes, y sí, le hacía demasiadas excepciones a todo lo que era moralmente bueno y correcto en el mundo, pero eso no quería decir que Michelle Dalton estaba loca.
Atravesaba media finca aferrada al desastre más sexi que había conocido en su vida, pero eso no cambiaba el hecho que esa bomba un día le estallaría en la cara y lo sabía.
Sin embargo, si algo había aprendido de la muerte de su madre siendo tan pequeña, era que solo podía enfrentar las tragedias en el momento en que llegaban y no antes. Así que apoyó la cabeza en el hombro de Sebastián y cerró los ojos decidida a disfrutar aquel momento, porque lo único cierto en la vida era que ni los buenos ni los malos instantes iban a durarle para siempre.
Sintió su mano cruzándose alrededor de su cintura y apretándola con pasión. Le bastaba una sola para gobernar a aquel caballo y la otra era para ella, para hacerle saber que estaba allí, dispuesto a convertirla en la más tierna de las Caperucitas en cuanto el animal se detuviera.
Quince minutos después desmontaba lanzando las bridas de Emperador alrededor de una de las columnas del portal de la cabaña, y la bajaba contra su cuerpo sin dejarla poner los pies en el suelo.
—¡Oye príncipe, despacio, que estás convaleciente! —lo reconvino ella.
—¡No, no, no, señorita, ya oyó usted lo que dijo la abuela, estoy en el deber de ponerte sobre todas las cosas y eso es exactamente lo que tengo intención de hacer!
—¿Sí? ¡No me digas! ¿Exactamente sobre qué cosas? —lo provocó Michelle y lo siguiente que sintió fue aquella boca devorando la suya y las manos de Sebastián que se aferraban desesperadamente a su ropa, arrancándola.
Ni siquiera podía expresar qué era lo que sentía con el roce del calor de su piel contra la suya. Tenía un maldito olor a hombre que la desquiciaba, y lo único que quería, lo único, era que la llevara de nuevo a aquellos malditos cielos que tan bien conocía.
Gimió desesperada cuando sintió su espalda estampándose contra una de las paredes de troncos mientras la camisa quedaba en algún lugar del suelo, y él le quitaba el brasier haciendo saltar sus pechos contra su boca.
—¡Oh Dios! —gimió sintiendo sus dientes sobre uno de sus pezones y sonrió internamente. Era absolutamente deliciosa la forma en que mordía, era absolutamente deliciosa la forma en que chupaba, y Michelle sentía que estaba a punto de correrse a cada segundo.
Su sexo palpitaba con tanta fuerza que le dolía, sus manos recorrieron el torso de Sebastián hasta su abdomen, peleando por abrir aquel cinturón para liberar una erección que ya no podía controlarse.
—¡Dios, quiero que me lo hagas! ¡Quiero que me lo hagas tan fuerte que ni siquiera pueda pensar! —le suplicó y un segundo después su boca recorría cada centímetro del abdomen de Sebastián hasta arrodillarse frente a él.

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