LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 30. Un buen esposo
Sebastian no podía negarlo, aquello no tenía nada de “trabajo” par él; le encantaba estar en la hacienda, andar entre los peones y los animales y disfrutar de una vida tranquila. No tenía idea de cómo había sido su vida antes, pero estaba seguro de que debía haber sido más o menos parecida porque no se imaginaba siendo feliz de ninguna otra manera.
Estaba terminando de despedir a uno de los últimos invitados cuando vio que aquel hombre mayor se acercaba a él y se le hizo extrañamente familiar. Por un segundo su corazón se aceleró, como si le recordara algo aunque no fuera un hecho, sino una sensación, que se hizo más fuerte cuando Rufus abrió los brazos.
—¡Sebastian! ¡Qué bueno verte de nuevo, muchacho!
Por un momento se quedó paralizado y Rufus se acercó a darle un abrazo.
—Lo… lo siento, señor…
—Vanderwood —lo ayudó Rufus y se quedó observándolo a ver si notaba alguna reacción en él, pero de momento era evidente que Sebastian de veras no lo recordaba.
—Disculpe, me imagino que nos conocemos, pero yo no… bueno, no me acuerdo mucho de usted… —murmuró rascándose la nuca y el hombre frente a él le sonrió con cariño.
—Ya sé, Michelle me contó lo que les pasó en el viaje de bodas, solo le alegro de que no les haya sucedido nada más grave que tu pérdida de memoria. Yo soy Rufus, Rufus Vanderwood, nos conocemos de cuando trabajabas en la hacienda anterior, pero debo decirte, Michelle y tú tuvieron razón al venir aquí, de verdad les va mucho mejor así que ya sabes lo que dicen: Siempre hazle caso a tu mujer.
Sebastian puso los ojos en blanco y su mirada fue de inmediato hacia la muchacha, que conversaba con su abuela y lanzaba de cuando en cuando algunas miradas ansiosas en su dirección.
—Sí, supongo que la condenada tiene arte para salirse con la suya —masculló Sebastian pero era muy fácil adivinar que estaba feliz con ella.
—¿Y… este… no es por querer robarte pero sí te trata bien Constance? —le preguntó Rufus como si aquello fuera cosa de trabajo—. Porque si no te gusta…
—¡No, no, no, no lo diga ni de broma! Y no es Constance, es “la abuela” so pena de un escobazo —advirtió Sebastian y suspiró porque era la primera vez que podía decir aquello con sinceridad—. Es muy frustrante no acordarme ni de quién soy —murmuró—. Pero Dios sabe que podría haber sido mucho peor. Tengo un techo sobre mi cabeza y una familia que me quiere, todo lo demás se puede arreglar ¿no es cierto?
Rufus asintió con vehemencia y palmeó su espalda.
—¡Exactamente! ¡Ahora vamos que quiero comprar uno de esos caballos tan buenos que tienen aquí, así que procura hacerme un buen precio porque voy a estar viniendo seguido!
—Será un placer, señor Vanderwood. ¡Por favor pase por aquí! —le indicó Sebastian y poco después aquella pequeña comitiva de asalto que había ido a rescatar a Sebastian, lo dejaban allí con más alivio del que habían llegado.
—Cuídame a mi muchacho —le pidió Rufus a Michelle dándole un abrazo de despedida.
—Como si fuera mío —le sonrió Michelle, pero no pudo evitar que aquel repunte de miedo aleteara en su pecho porque todo aquello algún día de verdad se pondría patas arriba y sabía que ella quedaría también en medio del fuego cruzado.

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